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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 14

La cocina principal de la mansión Estevez era un templo de acero inoxidable y tecnología alemana. Tenía procesadores de alimentos ultrasónicos, hornos de convección programables y una isla de mármol tan grande como un auto.

Era el dominio de chefs entrenados en Europa. Hoy, sin embargo, se había convertido en el taller de una curandera.

Alejandra le había entregado su lista al jefe de cocina, un hombre francés que la miraba con una mezcla de escepticismo y curiosidad. En minutos, sobre la impecable superficie de mármol, aparecieron los ingredientes.

No eran trufas ni azafrán. Eran tesoros de la tierra mexicana.

Un trozo de corteza de tepezcohuite, oscuro y rugoso. Un manojo de flores de caléndula frescas, sus pétalos de un naranja vibrante. Un frasco de miel de agave cruda, espesa y de un color ámbar profundo. Aloe vera, manzanilla.

—¿Dónde está la licuadora Vitamix, señorita? —preguntó el chef.

—No la necesitaré —respondió Alejandra con calma—. ¿Podría conseguirme un molcajete, por favor? Uno de piedra volcánica, si es posible. Y un tejolote.

El chef levantó las cejas, pero una mirada de Don Guillermo, que había seguido a Alejandra y ahora observaba desde una silla con silenciosa intensidad, lo envió a buscar el antiguo mortero.

Una vez que lo tuvo, Alejandra comenzó su trabajo.

Sus movimientos eran precisos, expertos, imbuidos de una certeza que hipnotizaba. Rechazó el ruido de las máquinas modernas por el ritmo ancestral de la piedra contra la piedra.

Primero, pulverizó la corteza de tepezcohuite. Mientras molía, su voz llenó el silencio de la cocina, explicando el proceso a Don Guillermo como si estuvieran en una clase privada.

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