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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 16

Los días que siguieron a la "cura milagrosa" de Sofía, la atmósfera en la mansión Estevez se había transformado.

El aire, antes cargado de una tensión hostil, ahora vibraba con una corriente subterránea de poder que había cambiado de dueño.

Sofía ya no miraba a Alejandra con desdén. Ahora, en sus ojos había una extraña mezcla de gratitud y un respeto temeroso, como si estuviera frente a alguien que poseía un conocimiento incomprensible y peligroso. Evitaba su camino, pero cuando se cruzaban, inclinaba la cabeza en un gesto sumiso.

Don Guillermo, por su parte, había hecho un movimiento significativo.

Una mañana, le informó a Alejandra que tenía acceso ilimitado a los extensos invernaderos y jardines botánicos de la mansión, un santuario privado que hasta entonces había sido el dominio exclusivo del jardinero jefe. Era un gesto de confianza y, más importante aún, de reconocimiento.

Alejandra aceptó con una calma que ocultaba su triunfo. Ahora tenía su propio laboratorio, su propio arsenal.

Pero mientras la estrella de Alejandra ascendía, la de Natalia comenzaba a apagarse.

El cambio en la dinámica no le pasó desapercibido. La adulación de Sofía ahora estaba teñida de miedo. Las conversaciones de Don Guillermo con Alejandra eran largas y serias. Incluso Ricardo, aunque seguía siendo frío, la miraba de una manera diferente, con una confusión que lo irritaba.

Natalia se sentía aislada. Humillada.

La campesina que había planeado aplastar bajo su tacón de diseñador no solo había sobrevivido, sino que estaba floreciendo. Veía el creciente respeto hacia Alejandra como una amenaza directa, un ataque personal a su posición, a su futuro como la señora Estevez.

La sutileza había fallado. La amabilidad fingida había sido contraproducente.

Era hora de escalar.

Esa tarde, encerrada en la opulencia de su suite, Natalia tomó su teléfono. No buscó en su agenda de contactos de la alta sociedad. Se desplazó hasta un número sin nombre, guardado bajo un simple código.

Presionó llamar.

La voz al otro lado fue áspera, impaciente. —¿Sí?

—Soy yo —dijo Natalia, su propia voz baja y controlada—. Necesito algo.

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