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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 17

La mesa del comedor principal estaba puesta con la habitual y opresiva formalidad de los Estevez. La platería brillaba bajo la luz del candelabro de cristal, y los arreglos florales exóticos perfumaban el aire.

La tensión, sin embargo, era tan palpable como el mantel de lino.

Don Guillermo presidía la mesa en silencio. Sofía comía con la cabeza gacha, lanzando miradas furtivas a Alejandra. Ricardo parecía distraído, ansioso.

Y Natalia, por primera vez, estaba radiante de una manera casi febril.

—Permítanme a mí —dijo con una sonrisa encantadora cuando el mayordomo se acercó con las bebidas—. Esta noche quiero atenderlos yo misma.

El gesto era tan inusual que todos la miraron. Natalia nunca servía. Natalia era servida.

Se levantó con una gracia estudiada y se dirigió a una mesa de servicio donde reposaba una gran jarra de cristal llena de un líquido de un intenso color rubí.

—Sé que es tu favorita, Alejandra —dijo, su voz resonando en el comedor—. Así que preparé agua de jamaica fresca.

Alejandra levantó la vista de su plato. Desde que había vuelto, no había bajado la guardia ni un solo segundo en presencia de Natalia. Había aprendido a leer el lenguaje corporal de la serpiente, a detectar la amenaza en la inflexión de su voz, en el brillo de sus ojos.

Y esa noche, Natalia brillaba con la luz de un depredador a punto de atacar.

La vio ir a la cocina, supuestamente a por hielo. Alejandra sabía que ese era el momento.

Natalia regresó con una bandeja de plata sobre la que había dispuesto seis vasos altos de cristal tallado. Los llenó uno por uno con el agua de jamaica. Pero en la cocina, sin que nadie la viera, la pequeña dosis de polvo incoloro se había disuelto en un vaso específico antes de que el líquido lo tocara.

Con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, Natalia comenzó a distribuir las bebidas. Colocó un vaso frente a Don Guillermo, otro frente a Ricardo, y así sucesivamente.

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