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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 18

La conversación en la mesa se reanudó, aunque de forma algo forzada.

Natalia había vuelto a su asiento, sus ojos fijos en Alejandra, esperando que diera el primer sorbo. Esperando el principio del fin.

Pero Alejandra no bebió.

Dejó el vaso sobre la mesa, cerca de su plato, y tomó sus cubiertos, comenzando a comer con una calma exasperante.

—Llegaré un poco tarde a la oficina mañana —anunció Ricardo de repente, rompiendo el silencio—. Tengo una cita después de la cena.

Don Guillermo levantó una ceja. —¿Algo importante?

—El inversionista de Singapur. El señor Tan —explicó Ricardo—. Adelantó su vuelo. Aterrizó hace una hora. Quiere discutir los términos finales del proyecto inmobiliario de Santa Fe. Es una reunión crucial.

Alejandra escuchó atentamente. Un inversionista importante. Una reunión nocturna. El momento era perfecto. Natalia no podría haberlo planeado mejor. Si Ricardo llegaba a casa tarde, encontraría a Alejandra "dormida", dándole a Natalia la coartada perfecta para ejecutar su plan sin testigos.

Alejandra tenía que actuar. Y tenía que hacerlo ya.

Esperó su momento.

La conversación derivó hacia temas triviales. La próxima temporada de ópera. Un nuevo restaurante en Polanco.

Alejandra barrió la mesa con la mirada. Vio el salero de plata. Estaba al otro extremo, junto al plato de Natalia.

El cebo perfecto.

Dejó sus cubiertos. Miró a Mateo, el primo de Ricardo, que estaba sentado a medio camino entre ella y el salero.

Su voz fue casual, casi aburrida.

—Mateo, ¿me harías el favor de pasarme la sal?

—Claro —respondió él, distraídamente.

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