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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 24

El eco del estallido se desvaneció, dejando un silencio denso y pesado en el pasillo. El sonido, agudo y violento, pareció absorber todo el aire, toda la vida.

Sofía y sus amigas soltaron unas risitas agudas, una explosión de malicia satisfecha que sonó fuera de lugar en la quietud repentina. Se quedaron mirando a Alejandra, con los ojos brillantes de expectación, esperando el espectáculo.

Esperaban lágrimas. Esperaban gritos de histeria. Esperaban un colapso total, una rendición que confirmara su victoria.

No obtuvieron nada de eso.

Alejandra bajó la mirada, no hacia ellas, sino hacia los fragmentos rotos esparcidos por el suelo de mármol.

La obsidiana negra, antes una pieza sólida y pulida que contenía el calor de la tierra y las manos de su padre, ahora era un mosaico de pedazos afilados. Un trozo grande, la mitad de una de las patas, yacía como un animal herido. Varias astillas delgadas y brillantes como vidrio reflejaban la luz fluorescente del techo. El corazón del cuenco, el lugar donde las especias cobraban vida, estaba brutalmente partido en dos.

Su rostro perdió toda expresión. No fue una máscara de autocontrol; fue un borrado. La persona que había estado allí un segundo antes se había ido. No había lágrimas. No había un temblor en sus labios. No había nada. Solo un vacío helado.

Lentamente, con una gracia casi ceremonial que era profundamente inquietante, se arrodilló.

El suave sonido de las rodillas de su uniforme tocando el duro suelo fue el único ruido en el pasillo.

Con un cuidado extremo, como si estuviera recogiendo los pedazos de un diamante invaluable, comenzó a juntar los fragmentos.

Uno por uno.

Su pulgar rozó un borde tan afilado como una navaja, y una diminuta gota de sangre brotó, una mancha carmesí sobre la negrura de la piedra. No se inmutó. No pareció notarlo.

Tomó la lasca más grande. Luego la más pequeña. Sus movimientos eran metódicos, precisos. No dejó ni el más mínimo trozo de la herencia de su padre en el suelo frío e indiferente. Cada pieza era un recuerdo, una palabra, una lección. Y las estaba recuperando todas.

Las risas de Sofía y sus amigas se habían extinguido. La falta de reacción de Alejandra era desconcertante, antinatural. La risa se atascó en sus gargantas, convirtiéndose en un silencio incómodo. Se miraron unas a otras, la diversión en sus ojos reemplazada por una creciente confusión. Esto no era lo que habían planeado.

Cuando tuvo el último fragmento en la palma de su mano, Alejandra cerró el puño. Con cuidado, para no cortarse más, pero con una firmeza absoluta.

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