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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 30

La confrontación final no ocurrió en una oficina ni en la mansión, sino en el banal campo de batalla del pasillo de la escuela, junto a la fila de casilleros metálicos.

Alejandra estaba guardando sus libros, el sonido de la puerta de su casillero al cerrarse resonó con una finalidad metálica. Cuando se dio la vuelta, Sofía estaba allí.

Parecía una versión rota de sí misma. Sus ojos estaban rojos e hinchados de tanto llorar, el rímel corrido había dejado surcos oscuros en sus mejillas. Su uniforme, normalmente impecable, estaba arrugado. Pero era la furia en su rostro, una rabia cruda y desesperada, lo que la hacía parecer peligrosa.

—¡Fuiste tú! —siseó, su voz temblorosa pero cargada de veneno. Varios estudiantes que pasaban se detuvieron, sintiendo el olor de la sangre en el agua—. ¡Lo sé! ¡Destruiste mi vida!

Alejandra no retrocedió. Se quedó quieta, una isla de calma en medio de la tormenta de Sofía. Lentamente, se apoyó en el casillero, cruzando los brazos.

—Yo no arruiné nada, Sofía —dijo, su voz tranquila, cortante—. Tus acciones lo hicieron. Cada ensayo que compraste, cada mentira que dijiste, cada diez que no te ganaste. Solo puse la verdad bajo la luz.

—¡Me suspendieron! —gritó Sofía, su voz rompiéndose en un sollozo de rabia—. ¡Westbridge retiró todas mis solicitudes a las universidades! ¡Yale, Columbia...! ¡Se acabó! ¡Todo mi futuro, a la basura! ¿Y por qué?

Se acercó, su rostro a centímetros del de Alejandra.

—¡Todo por una estúpida roca!

El pasillo quedó en silencio. La palabra "roca" quedó suspendida en el aire, cargada con el peso de la crueldad y la ignorancia.

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