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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 31

El sol de la tarde caía tibio sobre los jardines de la mansión Estevez, filtrándose a través de las hojas de jacarandas centenarias. El aire olía a tierra húmeda y al perfume dulce de las gardenias. Alejandra estaba sentada en una banca de hierro forjado, a la sombra, con un libro de botánica abierto sobre su regazo, aunque sus ojos no estaban en las páginas.

Unos pasos sobre la grava la hicieron levantar la vista.

Mateo se acercaba, solo. Era una visión extraña. Normalmente se movía con la arrogancia de quien nunca ha tenido que caminar sin ser el centro de atención. Ahora, sus hombros estaban ligeramente encorvados, sus manos en los bolsillos, y una expresión de estudiada contrición en su rostro.

Se detuvo a una distancia respetuosa.

—Alejandra —dijo, su voz inusualmente suave—. ¿Puedo hablar contigo un momento?

Ella no respondió. Simplemente cerró su libro, marcando la página, y lo miró. Su silencio era una pregunta, una pared de hielo que lo obligaba a continuar.

Él pareció tragar saliva.

—Quería disculparme. Por todo. Por el comportamiento de Sofía… y por cómo te hemos tratado. Fui un idiota. Todos lo fuimos.

Las palabras sonaban ensayadas, pulidas. Alejandra lo observó, su mente una fortaleza de recuerdos. Vio a este mismo chico, en su vida pasada, riéndose mientras Ricardo la humillaba. Lo vio llamándola "la becada" con desprecio. Lo vio aplaudiendo cada una de las crueldades de Sofía.

—La suspensión de Sofía… nos ha hecho reflexionar a todos —continuó Mateo, malinterpretando su silencio como una posible apertura—. Sobre las cosas que de verdad importan. Y me di cuenta de que nunca te hemos dado una oportunidad.

Se acercó un paso más, intentando una sonrisa que pretendía ser cálida.

—Quiero hacer las paces. Empezar de nuevo. Como familia.

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