Unos días después, un mensajero uniformado entregó una enorme caja blanca con el logo de "Isabella Dubois" en letras plateadas. La entrega no fue discreta. Mateo se aseguró de que ocurriera en la terraza, durante la hora del té, donde Natalia y Ricardo estaban presentes.
—Para ti, Alejandra —anunció Mateo con una sonrisa magnánima, como un rey otorgando un favor—. Para la gala.
El personal colocó la caja sobre una mesa. Era tan grande que parecía un sarcófago de la moda.
Alejandra, que había estado leyendo en silencio, levantó la vista. Sus ojos se posaron en la caja, luego en la cara sonriente de Mateo, y finalmente en las expresiones de los otros dos.
Natalia aplaudió suavemente, una actriz consumada.
—¡Qué detalle tan maravilloso, Mateo! Tienes un gusto exquisito. Estoy segura de que será espectacular.
Ricardo, sin embargo, no sonreía. Miraba la escena con el ceño fruncido, una línea de irritación entre sus cejas. Sus ojos se movieron de la caja a Mateo, y luego a Alejandra. Había una molestia en su mirada, una posesividad que no tenía derecho a sentir, pero que estaba allí, innegable.
Bajo la atenta mirada de todos, Alejandra se levantó y abrió la caja.
Levantó la tapa. Dentro, anidado en capas de papel de seda, yacía el vestido.
La seda verde esmeralda capturó la luz del sol, brillando como una joya líquida. Era innegablemente hermoso. El diseño era simple, elegante y peligrosamente ajustado. Una obra de arte diseñada para llamar la atención.
—Es… precioso, Mateo —dijo Alejandra, su voz era un murmullo educado. No había la emoción que él esperaba.
Esa noche, la atmósfera en la habitación de Alejandra era diferente. La puerta estaba cerrada con llave. El único sonido era el susurro de la seda.
Tenía el vestido colgado fuera del armario, bajo la luz directa de una lámpara.
No era una experta en costura, no como su abuela. Pero la traición había sido su maestra más constante. Su instinto, afilado por una vida entera de dolor y renacido en el fuego del suicidio, era ahora su arma más precisa. Le gritaba que algo estaba mal.
Se acercó. El vestido era perfecto. Cada puntada, cada pliegue.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...