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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 34

La biblioteca de la mansión Estevez era una jaula de silencio y sombras. La luz de la tarde entraba en barras oblicuas a través de los altos ventanales, iluminando el polvo que danzaba en el aire. El olor a cuero viejo y papel avainillado era denso, casi sofocante.

Alejandra estaba de pie junto a una estantería, pasando los dedos por los lomos de libros que nadie en esa casa había leído en décadas. Estaba buscando un antiguo herbario, pero encontró a Ricardo en su lugar.

No lo oyó entrar. Simplemente sintió un cambio en la atmósfera, una caída de la temperatura. Cuando se giró, él estaba allí, bloqueando la única salida, con los brazos cruzados y una expresión sombría en el rostro.

—¿Así que ahora vas a galas con Mateo? —dijo, su voz era un murmullo bajo y peligroso que cortó el silencio.

No era una pregunta. Era una acusación.

Alejandra no se inmutó. Cerró el libro que tenía en la mano.

—Él se disculpó —respondió con calma, su voz era un contrapunto sereno a la furia controlada de él—. Y es solo un evento social. Una oportunidad para agradecerle el gesto.

Ricardo soltó una risa corta y amarga, un sonido desprovisto de humor.

—¿Gesto? ¿Llamas a eso un gesto? ¿Después de lo que su hermana te hizo? ¿Después de cómo te han tratado ambos toda tu vida? No seas ingenua, Alejandra.

Dio un paso hacia ella, acortando la distancia, invadiendo su espacio personal. El olor de su loción cara, una fragancia que una vez asoció con seguridad y que ahora le olía a traición, llenó el aire.

—No irás —dijo, cada palabra era una orden.

Alejandra levantó la barbilla, sus ojos se encontraron con los de él sin vacilar.

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