El silencio en el estudio de Don Guillermo era el silencio de una tumba.
El viejo patriarca miró a su nieto.
Al joven que había moldeado a su imagen y semejanza. Al heredero de su trono.
Y en sus ojos fríos y decididos, vio su propio reflejo, pero más joven, más fuerte y, sobre todo, implacable.
Vio a su juez. A su verdugo.
Supo que no era un farol.
Supo que la batalla estaba perdida.
No había otra opción.
La abdicación no tuvo lugar en la mansión, un lugar lleno de recuerdos y fantasmas.
Se llevó a cabo al día siguiente, en el anonimato estéril de una sala de juntas en el piso treinta de un bufete de abogados en la colonia Juárez.
La habitación era un acuario de cristal y acero, sin personalidad, sin historia. El escenario perfecto para una ejecución clínica.
Don Guillermo llegó acompañado solo por su abogado personal, un hombre que parecía tan derrotado como su cliente.
Ricardo ya estaba allí.
No estaba solo.
A su lado, sentada en silencio, con la espalda perfectamente recta, estaba Alejandra.
Era la primera vez que Don Guillermo la veía desde la noche de la confesión.
Su presencia era una declaración. Era la testigo silenciosa de su rendición. La encarnación viva de la justicia que lo había derrocado.
La mesa de conferencias, una larga superficie de caoba pulida, estaba cubierta de documentos.
Pilas y pilas de ellos.
Contratos de cesión de acciones. Actas de renuncia. Poderes notariales.
Cada hoja era un clavo en el ataúd de su imperio.
Un abogado de rostro impasible comenzó la ceremonia.
—Si está listo para proceder, Don Guillermo.
El patriarca miró a Ricardo una última vez, buscando un atisbo de duda, de piedad filial.
No encontró nada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...