Un año después.
El sol de la tarde en Montecarlo era una bendición líquida de oro, derramándose sobre los yates atracados en el puerto y reflejándose en las ventanas de los casinos de lujo.
El aire olía a dinero, a sal marina y al perfume caro de las mujeres que paseaban por las calles como si fueran reinas en su propio reino.
En la terraza de un café con vistas al Casino de Montecarlo, un hombre de negocios inglés ojeaba un tabloide europeo, su rostro mostrando una mueca de diversión.
En la página tres, había una fotografía.
Era una imagen borrosa, granulada, claramente tomada con un teleobjetivo por un paparazzi paciente.
Mostraba a una mujer saliendo de una entrada lateral del casino a altas horas de la noche.
Llevaba unas enormes gafas de sol negras, a pesar de la oscuridad, y un pañuelo de seda de una marca reconocible cubriéndole el cabello.
Su ropa era cara, un vestido de diseñador de una temporada pasada, pero se veía gastado, casi cansado.
Su rostro, apenas visible, tenía una expresión amarga, la de alguien que ha perdido más que dinero.
El titular debajo de la foto era cruel en su brevedad.
"¿La caída final de la 'Reina Culinaria'? La ex-chef Natalia Fuentes vista apostando sus últimas fichas".
Dentro del casino, en una sala privada de bacará donde las apuestas mínimas superaban el salario anual de la mayoría de la gente, la mujer de la foto estaba sentada sola en una mesa.
Era Natalia.
El año no había sido amable con ella.
Después del colapso de su carrera y la aniquilación de su reputación, se había aferrado a los últimos vestigios de su fortuna.
Había huido a Europa, buscando un anonimato que el dinero ya no podía comprarle.
Pero sus demonios, y sus deudas, la habían seguido.
Se había convertido en un fantasma, vagando por los casinos de la Riviera, tratando de recuperar con suerte lo que había perdido por arrogancia.
Su rostro, antes una obra de arte de la confianza y la sofisticación, ahora estaba tenso.
Las pequeñas líneas de la amargura se habían grabado alrededor de sus labios.
Sus ojos, ocultos tras las gafas, ya no brillaban con malicia, sino con una desesperación apagada.
Frente a ella, sobre el fieltro verde de la mesa, había una sola ficha.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...