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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 377

A miles de kilómetros de la opulencia decadente de Mónaco, en un mundo diferente, un tipo diferente de redención estaba teniendo lugar.

La clínica rural en la Sierra Mazateca de Oaxaca no era más que una pequeña casa de adobe de dos habitaciones, con un techo de lámina y un letrero de madera pintado a mano que decía: "Clínica Comunitaria".

El aire no olía a sal marina, sino a tierra húmeda, a humo de leña y al aroma penetrante de las hierbas medicinales.

Dentro, un hombre atendía a un niño pequeño que se había caído de un árbol.

El hombre llevaba una bata blanca simple, gastada por el uso, y una barba de varios días sombreaba su mandíbula.

Sus manos, que una vez habían sido instrumentos de precisión para esculpir la vanidad de los ricos, ahora eran firmes y seguras mientras limpiaban la herida del niño con una paciencia infinita.

Era Adrián Morales.

—Ya casi termino, campeón —dijo con una voz suave que el Adrián del pasado nunca habría usado—. Eres muy valiente.

Le hablaba a la madre del niño en un español salpicado de frases en mazateco, una lengua que había comenzado a aprender con una humildad que lo sorprendía a sí mismo.

Después del colapso de su mundo, después de que la verdad sobre Natalia lo hiciera añicos, se había enfrentado a un abismo.

Podría haber seguido el camino de Natalia, huyendo hacia la autodestrucción.

Pero eligió otro.

Vendió todo lo que tenía. Su clínica de lujo, su departamento, su coche deportivo.

Y con el dinero, fundó una pequeña clínica en el lugar más remoto que pudo encontrar.

Un lugar donde su apellido no significaba nada.

Un lugar donde la única moneda que importaba era el trabajo de sus manos.

Terminó de vendar la pierna del niño y le revolvió el pelo.

La madre, una mujer de rostro arrugado por el sol y la preocupación, le ofreció una gallina como pago.

El viejo Adrián se habría reído.

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