La sala de juntas de "Raíz" vibraba con una energía concentrada.
Una docena de jóvenes ejecutivos, los mejores y más brillantes de su generación, escuchaban con una atención casi reverencial.
A la cabecera de la mesa de madera reciclada, Alejandra observaba en silencio, su calma era el eje sobre el que giraba todo el universo de la empresa.
Pero la persona que tenía la palabra, la que dirigía la presentación con una confianza y una agudeza que eran casi hipnóticas, no era ella.
Era Valeria Domínguez.
Había dejado atrás el chaleco del taller mecánico.
Ahora vestía un traje sastre de lino color marfil que contrastaba magníficamente con su piel morena.
Su cabello, antes recogido en una coleta desordenada, ahora estaba cortado en un bob elegante y afilado que enmarcaba su rostro.
Ya no era la reina de la refaccionaria.
Era la Directora de Operaciones. La COO. La número dos del imperio.
—Los números del último trimestre son claros —decía, su voz resonando en la sala. No era fuerte, pero estaba llena de una autoridad innegable—. Nuestra estrategia de penetración en el mercado del Bajío ha superado las proyecciones en un quince por ciento.
Un puntero láser en su mano señaló un gráfico complejo en la pantalla digital.
—Sin embargo, el análisis de la cadena de suministro indica un cuello de botella en la distribución de la flor de borraja. Propongo que abramos una segunda línea de proveeduría directa con los agricultores de la sierra de Puebla para diversificar el riesgo y asegurar el stock para la temporada navideña.
Su análisis era impecable. Sus argumentos, irrefutables.
Hablaba el lenguaje de los negocios con la misma fluidez con la que antes hablaba el lenguaje de la calle.
Alejandra la observaba, y una oleada de orgullo tan intensa que casi le dolió la recorrió.
Vio a la chica que la había defendido en un callejón con nada más que su furia y dos mecánicos.
Vio a la joven que había contado billetes en la banqueta de Coyoacán con una alegría pura.
Y vio a la mujer en la que se había convertido.
Una ejecutiva formidable, cuya inteligencia callejera no se había perdido, sino que se había afilado, pulido y transformado en una visión estratégica que ahora movía millones de pesos.
Su lealtad, su valentía, su fe ciega en el sueño de Alejandra, habían sido recompensadas.
No con dinero, aunque ahora lo tenía.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...