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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 47

El calor le subió al rostro a Mateo como una marea hirviente. Sentía el peso de docenas de miradas clavadas en él, cada una como un pequeño alfiler pinchando su orgullo. El murmullo de la multitud se había convertido en un rugido en sus oídos. Podía distinguir fragmentos de frases, risas ahogadas, susurros maliciosos.

Su mundo, tan cuidadosamente construido sobre una base de estatus y apariencia, se estaba desmoronando en tiempo real.

—¡No me toques! —gruñó, apartando la mano de Alejandra con una brusquedad que hizo que ella retrocediera, fingiendo estar herida. Su toque, su falsa preocupación, era como sal en la herida abierta de su humillación.

Se dio cuenta de que estaba atrapado. Era el protagonista de una farsa grotesca, manchado y expuesto en el centro de su propio universo. Cada segundo que permanecía allí, la mancha en su traje parecía crecer, y la mancha en su reputación se hacía más profunda.

Tenía que escapar.

Con un esfuerzo sobrehumano, intentó recuperar la compostura. Forzó una sonrisa en su rostro, un rictus tenso y antinatural que no engañó a nadie.

—No es nada —dijo, intentando que su voz sonara ligera y despreocupada, pero le salió un graznido tenso—. Un pequeño accidente. Estas cosas pasan.

Su risa fue aún peor. Fue un sonido hueco y tembloroso que no contenía ni una pizca de humor. Fue el sonido de la pura desesperación.

—Si me disculpan —murmuró, sin dirigirse a nadie en particular—. Voy un momento al baño a arreglar esto.

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