El auto giró bruscamente en la entrada de la mansión, las llantas de grava crujiendo en protesta. Ricardo frenó con una sacudida final frente a la imponente puerta principal, deteniendo el motor y sumiendo el interior del vehículo en un silencio repentino y absoluto.
Siguió sin mirar a Alejandra. Su perfil, recortado por la suave luz del tablero, era una escultura de orgullo herido y furia contenida.
Alejandra no esperó a que le abriera la puerta. No le dio la satisfacción de ningún gesto de cortesía forzada. Su mano fue a la manija, el clic del mecanismo resonando en la quietud. Abrió la puerta y salió del auto, sus movimientos eran fluidos y deliberados.
El aire nocturno era fresco, perfumado con el olor de los jazmines del jardín. Se enderezó, alisando una arruga inexistente en su vestido. Por un momento, se quedó allí, dándole la espalda al auto, una figura solitaria bajo la luz dorada del pórtico.
Fue entonces cuando la vio.
Las luces de la entrada iluminaban a Natalia, que estaba de pie en el umbral de la puerta abierta. No estaba allí por casualidad. Su postura lo dejaba claro. Estaba erguida, con los brazos cruzados sobre el pecho, una centinela esperando el regreso de las tropas del frente.
Alejandra se detuvo en seco a mitad de camino.
El mundo pareció reducirse a la distancia entre esas dos mujeres. Veinte metros de adoquines de piedra que se sentían como un campo de batalla.
El rostro de Natalia no tenía ni rastro de su habitual sonrisa dulce y victimista. No había fragilidad fingida en sus ojos. Su cara era una máscara de mármol, fría y pulida por un odio puro y sin diluir. La humillación de la noche, el ser implicada en el escándalo de Mateo, el ver a Ricardo obsesionado con Alejandra, había quemado todas sus pretensiones. Lo que quedaba era la verdadera Natalia, la serpiente despojada de su piel de loto blanco.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...