La mañana del festival, el parque en Polanco era un hervidero de actividad frenética. Camiones de catering descargaban mercancías, floristas arreglaban opulentos centros de mesa y equipos técnicos corrían de un lado a otro, probando luces y sonido. La calma del evento de gala era un espejismo construido sobre una base de caos controlado.
Alejandra llegó sola, mucho antes de que las multitudes comenzaran a congregarse. No llevaba un vestido elegante, sino unos pantalones oscuros, una blusa sencilla y unas cómodas zapatillas. Llevaba una mochila al hombro y una expresión de propósito tranquilo en su rostro.
Colgando de su cuello había una credencial de prensa. El plástico brillante parecía oficial, con un código QR y una foto de aspecto profesional. El logo en la parte superior decía "Bocados Urbanos", un nombre genérico y olvidable. Era una creación de Alejandra, diseñada en su laptop e impresa en una tienda de copias la noche anterior. Era su llave.
Con una confianza que no sentía del todo, se dirigió directamente hacia la zona de backstage, un área de carpas y cables detrás del escenario principal. Un guardia de seguridad corpulento le bloqueó el paso.
—Solo personal autorizado —gruñó.
Alejandra levantó su credencial. —Prensa —dijo, su tono era profesional, un poco aburrido, como si esto fuera una rutina diaria para ella—. Vengo a cubrir los preparativos.
El guardia miró la credencial, luego a su rostro, y finalmente se encogió de hombros y la dejó pasar. El primer obstáculo estaba superado.
El área de backstage era aún más caótica que el frente. Chefs gritaban órdenes, meseros corrían con bandejas y el aire zumbaba con la tensión previa al espectáculo. Alejandra ignoró todo eso. Su objetivo era la carpa técnica, una estructura más grande desde donde se controlaba todo el espectáculo audiovisual.
Entró como si perteneciera allí. Dentro, un puñado de técnicos estaban sentados frente a consolas iluminadas, sus rostros bañados por el resplandor de las pantallas. Estaban probando los micrófonos y ajustando los niveles de las cámaras.
Alejandra localizó a su objetivo: un hombre joven con auriculares alrededor del cuello y una expresión de estrés, sentado frente a un enorme mezclador de video lleno de botones y luces parpadeantes. Era el hombre que controlaba lo que se proyectaba en las pantallas gigantes del escenario.
Se acercó a él con una sonrisa amistosa y profesional.
—Hola —dijo, lo suficientemente alto como para ser escuchada por encima del ruido—. Soy de "Bocados Urbanos". Mi editor me pidió unas tomas de backstage para dar un poco de color a la nota sobre el festival. ¿Te molesta si me instalo por aquí en una esquina y tomo algunas fotos? Prometo no estorbar.
El técnico la miró, su mente claramente en mil cosas a la vez. Vio su credencial, su cámara (una réflex digital que había tomado prestada) y su sonrisa inofensiva. No la vio como una amenaza. La vio como una molestia menor que era más fácil aceptar que rechazar.
—Claro, lo que sea —dijo, agitando una mano con indiferencia—. Solo no toques nada.
—Gracias, eres muy amable —respondió Alejandra.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...