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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 556

Manuela sonrió, sin alegría.

—Ya que tu novio está aquí, ¿por qué no me lo presentas?

—Solo estamos saliendo —respondió Sofía, serena—. No es un compromiso formal, no quiero ponerle presión con algo como "conocer a la familia".

Manuela no insistió, pero su sonrisa se desvaneció. Las palabras de Sofía, aunque sonaban educadas, no le dejaban ningún espacio para opinar. Y lo peor era que no tenía un argumento válido para hacerla cambiar de idea.

Sebastián, que observaba todo, se mordió la lengua. Por un lado, admiraba la capacidad de su hermana para poner límites, pero, por otro, se estaba quedando sin paciencia.

—Vámonos ya —dijo, molesto.

Por fin, Manuela cedió. No estaba realmente interesada en conocer al supuesto novio de Sofía. Al fin y al cabo, las relaciones entre jóvenes eran pasajeras. Seguramente era alguien de su edad, nada serio. Dio media vuelta y regresó al interior del Centro Geriátrico San Rafael para acompañar a su madre.

En cuanto se alejó, Sebastián suspiró.

—Si van a estar juntos, háganlo. Pero, por favor, que no sea frente a mí.

Sofía alzó una ceja.

—Entonces vete solo. Yo voy a volver con Alejandro.

Sebastián se puso serio.

—¿Y cuánto piensas tardar en romper con él? —preguntó con los dientes apretados.

—Recién empezamos, ¿por qué tendría que romper?

Él la miró con una mezcla de celos y fastidio.

—Lo sabía... en cuanto te enamoras, te olvidas de que tienes hermano.

Sofía se rio, incrédula.

—¿Tú te escuchas? No tiene sentido lo que dices.

—No necesito lógica —respondió él, terco—. Si discuto contigo, pierdo. Así que solo me queda hacer berrinche. Soy tu hermano, te toca aguantarme. Me da igual si están juntos o no, pero no quiero verlo. Y te advierto: si lo hago, no esperes que sea amable con él.

Sofía lo miró con una mezcla de paciencia y hartazgo.

Sebastián se inclinó hacia ella y susurró:

—El día que terminen, te invito a cenar.

Ella lo miró fijamente. Él sonrió, desafiante, se enderezó y miró con rabia el auto de Alejandro antes de subir al suyo e irse.

Cuando Sebastián se fue, Sofía por fin subió al auto.

Alejandro, que la había estado observando desde que salió del edificio, la recibió con una mirada atenta.

—No voy a poder volver contigo. Tengo que ir a la oficina —dijo ella.

Necesitaba averiguar quién demonios era Serena.

Alejandro asintió y le indicó al chofer que la llevara.

—Te recojo cuando salgas.

—Está bien —respondió Sofía, tranquila.

Él la notó cansada. Extendió el brazo y la atrajo hacia su hombro.

—Duerme un poco —le dijo.

Sofía sonrió un poco. Antes, cuando se sentía agotada, lo soportaba sola. Pero ahora tenía un lugar donde apoyarse y eso la hacía sentir extrañamente tranquila.

—¿Tienes más información? —preguntó Sofía—. ¿Algún contacto, dirección...?

Clarissa se sorprendió.

—¿Vas a llamarla? No es buena idea. Yo terminé muy mal con esa gente.

Sofía sonrió con calma.

—No soy tan ingenua.

—Entonces... ¿qué piensas hacer?

—Algo que roza lo ilegal —respondió mientras encendía su portátil.

Clarissa la miró, desconcertada.

Sofía comenzó a revisar los archivos que había recibido. Con unos pocos movimientos, accedió al sistema de la otra empresa.

Se fue poniendo más agitada a medida que avanzaba.

Clarissa se puso tensa. Había trabajado con Sofía poco tiempo, pero sabía que era tranquila, racional y casi imposible de alterar.

Verla así la inquietaba.

Sofía dejó de teclear y se quedó mirando la pantalla, incrédula.

No podía creer lo que veía.

Serena Mendoza era... la hija del señor Mendoza.

Su padre tenía otra hija.

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