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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 240

Con un ademán ordenó que la bajaran. Ya había encontrado su grieta.

—¿Ves que no era difícil?—, soltó a Winifred—. Y no terminas de sorprenderme. Una traición no la perdono y tú libras a esta esclava luego de lo que hizo.

—Es algo que los tipos como tú jamás van a poder entender—, Win quiso correr a ella, pero el Centinela se lo impidió al rodearla con un brazo. —No ofrezco perdón a nadie, pero sé cuando alguien merece un pago por sus servicios.

Su nana soltó una lágrima.

—Zülal—, la voz de Valente retumbó, hastiado de su sentimentalismo. —¿Qué pasó con mi madre?

—Está reposando. Ya se le extrajo la bala y recibió la inyección para controlar su sangrado—, informó el hombre con cara de satisfacción al ver que todo había válido la pena—. Espera órdenes, como todos.

—Ya tengo la ubicación—, se encaminó a la puerta pasando de él—. Reúne a los mejores y que vayan por ese hijo de perra. Lo quiero muerto. Cieguen todo el distrito financiero, cierren calles, hagan que ni siquiera una mosca salga de ahí sin que ustedes lo sepan.

—¿Qué pasó con el esposo de ella? Podría tendernos una trampa si…

—Ella nos facilitó el trabajo— cortó su alegato—. Circe que vaya con mi madre, su prioridad es sacarla de ahí cuando le corten la cabeza. Comunicación sin interrupciones.

El sujeto asintió, mientras Harper respiraba lento, tratando de recuperar la vista sin tantas nubes.

Mientras tanto Valente veía salir a Zorina con la chaqueta que se volvía a colocar sobre el traje oscuro. Si alguien podía hacer algo, como él lo quería sin tener que dejar otras cosas era su madre.

La odiaba y admiraba en partes iguales. Ella era esa pieza que nunca se podía permitir perder. Nadie como ella para mantenerlo con la cabeza fría, porque hasta con Livia, Zorina estaba haciendo su trabajo, logrando que dejara de ser tan emocional y fuera más centrada en lo que necesitaba.

—¿Es esta?— la pelinegra observó la foto de Corinne. —Militarizada. Me gusta alguien que dé pelea.

—Iré contigo hasta un punto cercano seguro—, caminaron a la par—. Ahí mismo te recogeré.

—Como siempre, son presa fácil—, vio a Harper ser subida por la fuerza al helicóptero—. ¿De nuevo ella?

—Necesitamos un seguro y ella no puede controlar más que su lengua para mantener segura a Winifred—, Valente subió luego de su madre—. Tenemos planos de la ciudad entera. Cada edificio, cada calle. Haz que el ser mi madre sea el título menos importante que presumas.

—Valente, si sabes que mis entrañas te dieron vida, darme órdenes debería ser una de las cosas que menos te preocupen— le acomodó el cuello en tanto la aeronave se elevaba con Harper tomando aire, esta vez teniendo que esforzarse más por mantener la espalda derecha. —Hora y media. Tardó más, pero eso no quita la eficiencia.

—Tampoco lo indeseable que son algunos seres— contestó Harper con la pierna temblando.

—Cuando esto termine, no solo temblará una— vieron el agua bajo ellos desde la compuerta—. Es más, ni siquiera una tendrás.

—¿Sabes qué me perturba, Harper? —Valente la miró con una mezcla de ternura y sadismo—. Que no gritaste cuando viste a los tuyos atados. Ni cuando tu nana te traicionó. Tampoco cuando quemaste viva a esa actrizzuela patética—, Harper lo vio con verdadero desprecio—. Ni una sola lágrima. Ni una grieta. Solo ese estúpido e impenetrable temple. Hasta que la mujer que vio por tí toda tu asquerosa existencia estuvo a punto de ser atravesada por un clavo. Que patético.

Harper no respondió. Su espalda seguía erguida, su mandíbula firme. El único movimiento en ella fue la tensión que vibraba apenas en su cuello.

—Así que —continuó él, viendo que se acercaban a los edificios—, decidí hacer algo para resolver eso. Quebrar hasta la última de tus ideas. ¿Qué se necesita? ¿Una confesión más? ¿O quizás solo necesitas tiempo viendo los horrores, como llaman mis obras?

Se acercó a ella con la calma de tener planeado, cada segundo, cada milímetro de sus acciones.

—La parte divertida —añadió en un susurro mientras le tomaba el pelo hasta hacerle arder el pelo—, es que incluso si no gritas... igual voy a disfrutarlo.

El zumbido se agudizó en la línea. Y Harper, incluso en ese momento, solo respiró hondo. Lento. Contenido.

Como si el dolor fuera una moneda que ella podía darse el lujo de no pagar todavía.

—¿Qué es eso?— Valente se irguió para ir con los pilotos.

—El sistema detecta un sensor—, informó el piloto—. Si nos acercamos más posiblemente algo nos identifique.

Harper se movió apenas, estudiando la distancia entre ella y la puerta. Valente se giró hacia los pilotos. Y fue allí cuando lo supo. Tenía la oportunidad esperada.

La altura era peligrosa, pero no mortal. El agua estaba abajo. Fría, sí. Pero alcanzable. Si se nadaba rápido, si no era detectada...

—¿Qué intentas? —Zorina se le interpuso, su silueta recortada por la luz que entraba desde la cabina.

Harper no dudó. En su cinturón había tomado, al inicio del vuelo, una pequeña pieza de metal escondida, como si supiera que este momento llegaría. Pero el cañón del arma de Zorina fue a su garganta, dando inicio a la pelea que Valente tardó tres segundos en ver. Fue suficiente para ver a su madre forcejeando con la pelirroja.

—Maldit@ estúpida—, se lanzó por ella, pero el piloto le mostró que debían bajar la altura para no ser detectados.

Harper intentó desviar el arma, pero Zorina fue más rápida. Le dio un codazo al estómago, y cuando la pelirroja intentó contraatacar, la croata rodó hacia un costado. Harper usó la inercia del helicóptero y el temblor de la turbulencia para hacerla chocar contra el panel lateral, sin importar el dolor del impacto que también recibió.

Zorina se impulsó con furia. Un alarido apenas contenido fue la antesala al ataque. Las uñas se clavaron en el cuello de Harper, que apenas logró girarse cuando ambas cayeron al suelo del helicóptero con un estruendo metálico que sacudió incluso a los Centinelas que los observaban desde la entrada. No era una pelea elegante. Era una guerra entre dos depredadoras, sin reglas, sin contención.

Harper lanzó un codazo directo a las costillas de la croata, que se dobló lo suficiente para que la pelirroja girara y le propinara una rodilla al costado de la mandíbula. Pero Zorina no cayó. Reaccionó con una fuerza brutal, aferrándose al cabello de Harper y jalándola contra la pared metálica del helicóptero, haciéndole ver estrellas.

Abrió la puerta del cuarto bajo estas y sacó un fusil al cual le revisó el cargador sin perder un segundo. Corinne se acercó con rapidez, y se lo entregó, pero el mexicano le mostró la metralleta que ya tenía bajo el cojín detrás de donde estaba sentado.

—Hice un trato—, le recordó.

—No está de más tomar precauciones, mexicano desquiciado—, se dirigió hasta la puerta en donde apuntó contando hasta su respiración. —Ahora ponte detrás de mí y ten ese cañón listo para disparar.

—Siempre— contestó insinuante el hombre de pantalones grises y remera oscura colocándose a su lado con el arma hacia ese punto. Corinne no pudo evitar reírse, pero tuvo que negar al saber lo serio de la situación. —Tengo nuestra parte lista, así que, aún cuando me excite verte con un arma en las manos, deberías relajarte un poco.

—No mientras el resto no diga que cumplió con lo que dijeron—, soltó ella, en tanto sus ojos permanecían hacia la entrada de esa planta.

Mientras tanto, cada hombre vigilante en esa zona se preparaba para darles la bienvenida a quienes sabían que estaban por cruzar los pisos inferiores en ambos ascensores.

El sonido del sistema hidráulico marcó el descenso. Las luces parpadearon, y el silencio anterior fue suplantado por una sensación de inminencia, como si el mismo edificio retuviera el aliento.

Los Centinelas se posicionaron con precisión y rapidez, sin soltar sus armas largas, miras activas y su respiración contenida. Algunos protegían con sus cuerpos los accesos laterales, otros apuntaban directo a las puertas de los ascensores para salir y matar lo que se interpusiera. La disciplina no ocultaba el sudor frío en la nuca de uno que otro, ni la tensión que les agarrotaba los dedos en el gatillo.

Y entonces...

Las puertas del ascensor principal se abrieron con un sonido seco. Un instante de expectativa congeló la planta al ver el piso oscuro con figuras móviles, desatando el infierno en forma de destellos cargados de violencia y plomo.

El primero en cruzar fue una sombra, que se impulsó con el retroceso del disparo como si la inercia fuera parte de su cuerpo. Un Centinela cayó antes de oprimir el gatillo. El otro intentó retroceder, pero una navaja en su garganta redujo su defensa a un sonido húmedo y el resto reaccionó soltando ráfagas que destrozaron todo a su paso..

Los gritos se ahogaron en el eco de las botas golpeando el cemento. Una pierna derribó una mesa, un brazo envió un cuerpo contra el muro. El aire olía a pólvora, metal oxidado y sudor frío.

Un centinela se deslizó por el suelo, esquivando una ráfaga, sujetó la pierna de uno y lo arrastró al vacío entre el marco de una puerta destrozada, donde lo dejó inconsciente con un golpe seco en la base del cráneo, cortando el cuello antes de que se levantara, pero Skender lo alcanzó a ver y con una ráfaga lo aniquiló.

La luz de emergencia parpadeaba. Una figura se cubrió tras un archivador, y otra saltó desde un pasillo lateral, rodando y disparando al mismo tiempo. Dos cuerpos cayeron.

Uno gritó, pero no pidió ayuda. Sabía que no la habría.

El caos estaba meticulosamente orquestado. Ninguna bala se perdía. Ninguna pisada era improvisada. Eran fantasmas diseñados para asesinar sin dejar huella. Tres diferentes tipos de hombres, tres entrenamientos que bañaban de sangre el pasillo en un enfrentamiento que no daba tiempo a respirar. Al mismo que Zorina y Circe ayudaban a formar, matando a todo lo que se moviera, antes de siquiera ser ubicados.

La croata reconoció un cazador entre ellos. El tatuaje se alcanzaba a ver, pero antes de siquiera avisar a Circe...

Dos figuras emergieron como si el humo invisible del infierno los empujara hacia adelante.

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