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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 241

El albanés caminó como si el edificio fuera suyo desde siempre y la sangre fuera solo un nuevo tapiz. Llevaba la camisa blanca entreabierta, dejando ver parte de su pecho firme, una mariposa negra tatuada entre los músculos tensos de su clavícula, y un moño atado como si recién lo hubiera ajustado.

Ese porte varonil que llevaba el fusil que descansaba sobre su hombro con el cañón hacia arriba, y cada paso que daba parecía desafiar la necesidad misma de precaución. Su piel dorada contrastaba con el acero que sujetaba, y su mirada... era puro deleite. Un instinto peligroso, una belleza letal. Precioso y arrogante, pero con la precisión de un perfecto asesino. Sus labios apenas se curvaron al ver al primero de los hombres apuntándole, los cuales cayeron a los pies de Circe, en cuanto el albanéslos ubicó.

Segundos después, desde el ascensor lateral, apareció la crueldad hecha persona.

Boris Orlov.

La sombra de algo que no se podía clasificar. Dos metros de presencia incuestionable. Su camisa negra, entallada y meticulosamente metida en unos vaqueros oscuros, crujía con cada movimiento de su espalda monstruosa. Los botones superiores manchados con materia cerebral y cabello con piel que arrancó de la cabeza de alguien, como si el cuello no pudiera contener el grosor de su torso repleto de ese líquido rojo que lo escurría.

Las mangas ajustadas a unos antebrazos que parecían esculpidos por guerra, no por genética. No llevaba arma visible. No la necesitaba. Su simple andar bastaba. Cada paso pesado de sus botas hacía vibrar el suelo. La mirada, esa mirada, era el preludio de una matanza. Sin expresión, sin tensión. Solo una mirada espeluznante que hablaba de silencios llenos de muerte.

El primero en disparar fue uno de los Centinelas. No llegó al segundo tiro cuando este arremetió contra él, con un tubo que le clavó en las costillas.

Darek alzó el fusil en un ángulo imposible, para otros, y lo silenció con una sola detonación limpia. Un agujero justo entre ceja y ceja. El resto se lo pensó, pero era pelear o morir. Aunque ambos caminos se encontraban en un punto.

Boris no esperó. Avanzó como un titán arrasando en silencio. Uno intentó detenerlo con una ráfaga; el líder del imperio negro giró el cuerpo y lo golpeó con el hombro, estampándolo contra la pared. El crujido de los huesos fue más fuerte que el disparo.

—Dos... —contó Darek al ver caer al siguiente, mientras el portugués se levantaba.

El fuego se desató. El caos ya no tenía reversa.

Pero en medio del caos, lo que se sintió fue algo más profundo que el miedo; fue terror dominando todo. Una belleza implacable encontrada en la sangre que dos seres derramaban sin remordimiento, al tiempo que se abrían paso por los pasillos, arrasando el infierno con precisión y brutalidad.

Y en otro lugar… alguien ya sabía que los cimientos de los planes de muchos estaban empezando a tambalearse.

Zorina vio la oportunidad de flanquearlos y juntos a dos Centinelas se movieron hacia los dos sujetos que estaban con las manos ocupadas. Circe disparó hacia Skender, aunque este logró evitar las balas, yéndose sobre el Centinela que se envolvió en una pelea a punta de puños con él.

Zorina le dio la orden a uno de los Centinelas de acompañarla contra Darek, mientras Circe hizo lo mismo al ver a Boris dando puño tras puño contra un sujeto al que le rompió las costillas que sobresalían en la piel.

Darek, por su parte, bloqueó el primer ataque con el antebrazo y retrocedió dos pasos al ver el filo casi tocarle el cuello. Esas sabandijas habían atacado a su esposa, a su hijo y no iba a dejarlos irse como si esa no fuera razón suficiente para mandarlos al infierno por mano propia.

Calculó la trayectoria del siguiente golpe, la hoja que blandía el Centinelas pasó tan cerca de su mejilla que le dejó un corte superficial. Pero el albanés no lo sintió y atrapó el brazo para que no se escapara. Con un cabezazo le destrozó la nariz al agresor y le arrebató el cuchillo antes de enterrárselo en el abdomen, viendo el cañón que fue colocado directo en su rostro.

Zorina.

Él giró sobre su eje, desviando el disparo con una patada certera. Ella perdió el equilibrio, pero volvió a alzar el arma. Era rápida y peligrosa.

—Malnacido—, espetó al ver la sangre en su frente. Pero Darek sabía quién era y que no debía confiarse de ella.

La arrojó contra las cajas de metal al fondo. Zorina cayó, pero su risa resonó con furia.

Del otro lado, Circe descargaba las últimas balas antes de lanzarse hacia el líder del imperio negro. Usó el cuerpo como palanca, subiéndole sobre la espalda y girando para quebrarle el cuello con las piernas. Pero el portugués se lanzó al suelo con él, estrellándole la cabeza en la pared en el acto. Sus ojos buscaron al Centinela y al ver el ataque se impulsó, clavándole el hombro en las costillas que le destrozó.

Vio un trozo de madera con clavos adherido a una cortina y la alcanzó, alzandola para enterrar las puntas en el rostro del Centinela. Con la fuerza de sus manos siguió apretando, hasta que el cráneo soltó un crujido al ceder ante el peso.

Circe se levantó como pudo, pero Darek lo vio antes de lograrlo, a la misma vez que Boris fijó la mirada en la mujer que tenía la nariz sangrado. El albanés podía quedarse con Circe, ella era suya.

Ella era importante para el cabrón que había tomado a Audrey como ejemplo de que podía atacar a cualquier. Pero su mujer no era cualquiera. Y ofenderla era una condena ganada.

Boris se levantó. Respiraba agitado, la camisa rota, la piel sangrando, pero nada de eso era tan satisfactorio como ver a la progenitora de esa escoria con ínfulas de grande.

—¿Crees que vas a afectar a Valente por mí?— se burló Zorina limpiando su nariz. —Estás soñando, Bora.

—No necesito afectarlo, necesito dejarlo sólo—, de una patada logró atrapar la cortina que tensó en su mano. Boris enrolló la tela con una vuelta experta de muñeca—. Necesito que sepa que sí él puso un blanco en mi mujer, yo le sacaré las tripas a su madre.

Zorina apenas alcanzó a abrir la boca cuando él se lanzó hacia ella como una ola de furia desatada. La mujer alzó el brazo para intentar detenerlo, pero el portugués fue más rápido. La cortina cayó como una red gruesa sobre sus hombros, deslizándose a su cuello y antes de que pudiera zafarse, la tensó con un giro violento, aprisionándole el torso y cortándole el movimiento para devolverla a él.

—¡Desquiciado! —bufó ella, pataleando mientras él la arrastraba hacia una puerta en donde trató de empujarse para soltarse—. ¡Tú no eres nadie frente a nosotros, maldit0 engendro de segundo nivel!

Pero Boris no escuchaba más que su respiración. No su voz. No sus amenazas. No lo importante que creía que era.

Ella trató de clavarse en el marco de la puerta con los pies, buscando empujarlo, pero él giró con un movimiento brutal y la azotó contra la pared, dejándola casi sin consciencia. Audrey aún se recuperaba y esa herida en el pecho de su esposa por poco acaba con él, así que era justo hacerle probar lo mismo a la escoria.

Después de todo, madre era madre. Y si acabó con un harem completo, a la mujer que lo parió era algo simple.

Zorina buscó en su bota con desespero y alcanzó a rasguñarle la cara, a clavarle una pequeña hoja en el hombro, pero no fue suficiente. El cuerpo de Boris apenas se estremeció. Ese dolor era parte de su entrenamiento. Fue su pan diario durante años.

Zorina, por primera vez, sintió miedo real cuando vio los ojos del portugués. No tenían furia. No tenían locura. Tenían algo tan oscuro que podía compararse con dos pozos sin fondo, que se tragaba el terror que ella comenzó a sentir al ver cara a cara a Bora.

Lo que Zorina vio en el reflejo de sus ojos le hizo entender que de él no había escapatoria.

—Me voy a asegurar de que ninguna mierd@ como tu hijo vuelva a salir de tí —espetó, rompiendo su brazo, sacando el grito de dolor que taladró sus oídos.

—Mil veces m@ldita tu sangre—, escupió Zorina entre bramidos de dolor, pero estos se detuvieron cuándo la punta de la tela fue sumergida en su boca, atragantándose, mientras su otro brazo era dislocado.

Zorina intentó jadear. Boris no se detuvo.

—¿Qué pasa?—, siguió empujando la tela, colocando la rodilla en el estómago, rompiendo las costillas de la mujer que sentía la tela desgarrarle el interior como si fuese una soga de espinas. —¿Dónde quedó tu lengua afilada? —escupió Boris con el ceño crispado, empujando con más fuerza—. ¿No ibas a matarme con tus palabras, bruja de mierd@?

Zorina solo podía dar espasmos. El rostro congestionado, el pecho tratando de alzarse para robar aire entre la tela gruesa que ahora empapaba su boca con sangre. Sus muñecas no las podía mover como quería para forcejear, intentando inútilmente tratar de moverse.

Boris no tenía piedad. Jamás con quienes tocaban a los suyos, menos cuando de las reinas de su vida se trataba.

—Esta es la única forma en la que puedes servirle al mundo —gruñó al dejarla caer contra el suelo, con la espalda estrellándose en seco al tener solo el extremo suficiente enredado en su mano. El golpe hizo que los pocos restos de aire que le quedaban a la mujer se le escaparan con un sonido húmedo—. Como lección de que las cosas se deben cortar de raíz eres útil.

La tomó del cabello para alzar la cabeza ensangrentada, y cuando sus ojos apenas podían sostenerse abiertos al agonizar, se inclinó a centímetros para mostrarle que tenía una cámara grabando todo en su pecho.

—Hay sangres que se deberían extinguir y la tuya es una— le susurró—. Hasta el infierno, remendo de estiércol.

Un hilo de conciencia luchaba en el interior de Zorina. Pero Boris la sujetó de la cabeza y dejó que viera la satisfacción al tirar de su brazo con fuerza sacando de golpe la tela que esta vez no regresó sola, a ella se había adherido…

—Eso tenías dentro —exclamó viendo los ojos abiertos, sin vida de la pelinegra que ya no se movía con todo lo que salía de su boca—. Dile al diablo que así como tengo un lugar privilegiado con su versión en la tierra, quiero el mismo allá.

Eligió caer.

Eligió hundirse para que Mateo no volviera a ser capturado. Eligió dispararle sabiendo que jamás se lo perdonaría, pero sí que lo sabría entender. Eligió engañar a Valente, filtrar rutas de acceso, crear fisuras en el sistema de seguridad de los Crown con su firma, su pulso, su nombre.

Y por eso ardía.

No por sus fuerzas que disminuían luego de ser arrastrada por el suelo, desde el helicóptero hasta ser atada a esa silla.

Sino por lo que había tenido que sacrificar, su propia dignidad humana.

Le robó a Mateo una vez más. Esta vez, no fue un beso o una cantidad de dinero. Fue un diminuto dispositivo de rastreo, tan imperceptible que podía pasar por alimento. Uno que escondió en la comida de Phiama cuando la visitó en el hospital. La misma comida que la bailarina dijo que apenas podía masticar y tragó entera.

Y ahí estaba la clave.

Porque su bolso, el mismo que había dejado a propósito cerca de Marek, también tenía el móvil que recibía la señal. El verdadero regalo que dejó para su esposo. El verdadero motivo por el que Phiama seguía viva, era porque Valente no iba a perder a una de sus últimas mujeres de esa manera.

Porque eran dos. Harper lo sabía. Había rastros de la mesera que desapareció de su trabajo y concordaba con los rasgos que a Valente parecía agradarle.

Los Crown no podían pisar Berkshire, pero Anthony se arriesgó creyendo en ella y enviando a Krysia y Helena de incógnitas. De seguro ya la habían encontrado, porque Mateo estaba seguro de que si no los quería allí era porque algo importante escondía. Y Harper pensó en ella.

Pero su cuerpo dolía por las torturas.

Su alma dolía al saber todo lo que no vio antes.

Y saber que Zorina estaba en manos de Boris y Darek no le daba alivio, porque había sido ella quien propició la caída.

La había lanzado desde aquel helicóptero no por impulsividad, sino porque sabía que no debía dejar la misión que le entregaron. Si lo hacía, no iría al Coloso. Porque siempre tuvo en sus planes decir su ubicación para hacerlos ir a ese sitio.

La necesitaban viva para que Boris y Darek no causaran problemas al desatar una persecución que los hiciera perder el control. Las manos de esos hombres sin misericordia, cobrarían las ofensas a sus esposas.

Y Harper lo sabía.

Todo.

Absolutamente todo.

Pero eso no la salvaba del temblor que amenazaba con traicionar su imagen intacta, ni de la sed brutal que le rasgaba la garganta después de las descargas eléctricas.

Se aferró al único consuelo posible; resistir. Porque si todo esto valía algo, debía aguantar un poco más. Aunque tuviera que soportar ver a Valente sonriendo, creyendo que la había quebrado. Aunque doliera más de lo que jamás pensó que podría doler no saber como evitar que asesinaran a sus amigos.

Aunque se rompiera en silencio.

Porque así, en su propio infierno, Harper Visconde aún no había caído.

Y su marido con sangre seca en el pelo y la camisa luego de recibir dos roces de bala, veía el móvil que indicaba su ubicación, desde el interior del pandemonium que lideraba la flota que se alzaba por los cielos con una sola misión. Recordar a todos por qué el silencio de un Crown debía ser temido.

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