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El éxtasis del dolor: Hasta que tu muerte nos separe. romance Capítulo 249

—No es él—, declaró Anthony dejando de ver el cadáver que Izan apenas reparó para detenerse, confiando en la palabra de su primo.

Nadie respondió, pero tampoco se movieron.

—Dije que no es Mateo —repitió sin levantar la voz.

Uno intentó decir algo. Anthony lo miró y enseguida se calló.

—Sigan buscando. Y no lo repitan otra vez—, demandó con un tono de voz enfadado, pero sin exaltarse.

Harper detuvo la brazada al verlo dejar el cuerpo. No estaba tan cerca aún, pero algo en su cuerpo aflojó, como si el peso se hubiese disipado de golpe.

No lloró. No suspiró. Simplemente giró hacia otro lado y siguió nadando, buscando a su esposo, porque iba a encontrarlo, así tuviera que estar toda la noche en ese sitio y todas sus fuerzas se fueran en eso.

Las hélices aún rugían sobre sus cabezas. La guerra no había terminado hasta que los últimos dos helicópteros de los Centinelas cayeran, pero era Leonardo y Asher los encargados de tal cosa.

Mateo no aparecía y cambiar eso era lo único que movía a todos. Se topó de frente con el torso de cabellera rubia y la quemadura en la espalda de las pinzas electrificadas fue lo que dejó clara su identidad. Lo miró como si fuera algo poco satisfactorio, pero al ver el tatuaje que tenía en el reverso de su cuello, la imagen de Valente llegó a su cabeza con el mismo tatuaje en esa zona.

—¿Es él?—, Marek levantó el cuerpo para verle el rostro. Lo más destacable en él no sabían qué era, si la mano que le faltaba o el rostro destruido. —¿Beagle?

—Este tatuaje es una combinación de todos los entrenamientos que tuvo—, miró la tinta—. O eso era lo que decía Zülal.

—No podemos preguntarle porque…—Harper también vio el cuerpo del tipo con la espalda expuesta y órganos saliendo desde ese orificio.

—Tendremos que averiguarlo de otra manera —dijo Harper con voz fría, la cual contrastaba con el caos a su alrededor. —Corta su mano.

—¿Para qué?—, indagó Beagle.

—Para decorar la mesa—, contestó ella viendo a todos lados—. Para cotejar huellas y tomar muestras que podamos mandar a estudiar para confirmar que se trata de él, ¿para qué crees?

Beagle se arrancó la navaja del chaleco con un movimiento veloz, mientras Marek sujetaba el cuerpo. El filo brilló apenas bajo la tenue luz, como si la hoja supiera lo que estaba por hacer. Harper apenas les puso atención, porque lo que verdaderamente le importaba no era eso. Beagle tomó la única mano medianamente intacta y sin apartar la vista, le colocó el filo. Deslizó la hoja por la base de los dedos. No fue un tajo limpio, pero hacía lo que podía mientras se mantenía a flote y cortaba con una navaja que no era para eso. Escuchó el corte de tendones, el crujido de cartílago, el desgarro lento de la carne que se resistía, mientras la sangre brotó como si el cuerpo aún supiera que estaba siendo mutilado.

La mano cayó al agua con un chapoteo breve.

—La llevas tú—, la empujó hacia Marek, el cual se la lanzó de regreso. —Yo la corté.

—Por eso, es tu derecho cargar con la prueba de…

—¿Desde cuándo es un derecho…?

—Se callan los dos y sigan buscando—, Harper sentía su cuerpo advertir de su agotamiento y el frío que la estaba haciendo aminorar su eficacia, pero no iba a escucharlos discutir por tonterías. Beagle tuvo que envolver la mano en lo primero que encontró flotando y la colgó de su chaleco, para luego tirar una brazada.

—¡Lo tengo!—, la voz de Marcelo llegó a los oídos de la pelirroja, la cual no alcanzaba a verlo, pero si distinguía de donde llegaba la voz. Izan logró ver la figura apenas, por lo que se movió al lugar junto a Vladimir.

Marcelo, en ese momento, luego del sonido de su voz, escuchó el ruido de algo aproximándose y en cuánto se dio cuenta de que iba hacia él, no tuvo más alternativa que zambullirse con el cuerpo de Mateo en brazos, hundiéndose junto con él para evitar la colisión.

El proyectil impactó el agua unos segundos después, levantando una cortina de espuma y destrozo. Harper nadó tuvo que hundirse en el agua para evitar que los fragmentos la hirieran, saliendo al mismo tiempo que Marek, mientras Beagle la sujetaba con fuerza y le señalaba hacia donde creyó que Marcelo se había sumergido. Con los ojos entrecerrados y la respiración forzada por el esfuerzo y la desesperación, siguieron la dirección, oyendo a Anthony también buscarlos.

El agua ahora olía a pólvora, más que antes.

—¡Marcelo! —gritó Harper, después de Anthony, y su voz se quebró al tragarse parte del agua salada—. ¡Mateo!

El helicóptero donde Asher sobrevolaba los iluminó, mientras este buscaba a su padre con el pulso más acelerado por eso que por la adrenalina.

La silueta de ambos emergió a escasos metros. Marcelo jadeaba, tosiendo, pero no soltaba a Mateo. Lo mantenía a flote con una mano mientras la otra intentaba quitarle el cinturón de algo que lo hundía más por el peso que se había enredado en su pierna.

—¡Está inconsciente! ¡Ayúdame!— el peso era demasiado, por lo que ya le costaba sujetarlo sin hundirse cada dos segundos.

Marek y Harper llegaron hasta ellos. El Demon lo tomó, recibiendo el peso, en tanto Beagle se hundía con su navaja, mientras la pelirroja tomaba el rostro de su esposo entre las manos. La quemadura en su hombro era reciente, al igual que cada golpe en su rostro y las heridas en el abdomen, pero lo que más la aterraba era la quietud. No lo había visto así jamás. Ni siquiera dormido era tan inmóvil. Parecía otra cosa. Parecía que se había… ido.

—Mateo—, la voz de Izan apenas llegó y le dijeron lo que Beagle trataba de hacer, por lo que también se sumergió de inmediato.

Entonces, con el rugido de una hélice descompuesta cayendo como una bestia en picada, el cielo pareció abrirse de nuevo. Pero esta vez, el helicóptero se estrelló contra el mar a una distancia segura, provocado por una ráfaga precisa de Leonardo, quien desde las alturas dejaba de disparar.

—No te atrevas —murmuró tratando de sentir su respiración, pero era nula—. No ahora. No así, Mateo.

Marek sintió el alivio punzante de que el cuerpo dejaba de hundirse. Junto a Marcelo, lograron alzar a Mateo lo suficiente como para mantener su rostro fuera del agua. Cada segundo contaba. Cada gota que entraba a sus pulmones era un paso más lejos de ellos.

—Mateo—, Harper no se apartó cuando escuchó a Anthony llegando, justo segundos antes que Vladimir y el resto—. No respira…¡Bajen!

Su mano indicó a todos que lo habían encontrado, siendo Adrián quién maniobró para llegar lo más cerca posible, mientras Vladimir atrapaba la camilla con flotadores en la cuál lo colocaron. Aseguraron las correas y enseguida lo elevaron, para luego ir a las escalerillas.

Izan tomó una y tiró la mano para Harper, la cual no dudó en subir, con él ayudando a hacerlo más rápido. Anthony tocó los patines de aterrizaje primero, mientras Leonardo no decía nada, sólo veía a su sobrino con la piel pálida, tan cubierto de sangre, que parecía otro.

—Dime cómo está —la voz de Joseph, desde el intercomunicador, retumbaba en los oídos de todos—. Leonardo, dime cómo está mi hijo.

Pero Leonardo no respondió.

Se arrodilló junto a Mateo y sus manos abrieron la camisa empapada, revelando las heridas que aún ardían. Hematomas, cortes, una quemadura aún fresca. No podía esperar. No podía pensar.

Sus manos se colocaron sobre el pecho de Mateo y comenzó la reanimación.

Uno. Dos. Tres. Presiones rítmicas que parecían no alcanzar.

—No te vayas —le murmuró con la mandíbula apretada—. Maldit@ sea, Mateo. No te vayas.

El zumbido del helicóptero se mezcló con el latido de un silencio que parecía querer tragárselos a todos.

Harper subió al helicóptero con la mano aún aferrada a la de Izan. Sus piernas temblaban, pero no fue hasta que puso ambos pies sobre el piso metálico que lo sintió de verdad, ese vacío.

Mateo estaba allí. Tendido. Inmóvil.

Leonardo ya le había abierto la camisa, con las manos firmes en su pecho, empujando una y otra vez, contando en voz baja los ciclos. Las costillas se hundían bajo sus palmas, pero Mateo no reaccionaba. Su rostro, tan ajeno al dolor habitualmente, ahora parecía de mármol.

—¡Vamos, Mateo! ¡Respira! —la voz de Leonardo era un golpe seco contra el silencio espeso del helicóptero.

—¡Leonardo!— la voz de Joseph retumbó en el salón en donde se encontraba, mientras Lina trataba de hacerle entender que estaban haciendo todo lo que se podía. Pero su desesperación no la escuchaba. Solo a su hermano tratar de recuperar a su hijo.

No quería decirle eso a su esposa. No quería que esa noche fuera eso lo que tuviera que decirle a Keyla. Si él no lo estaba resistiendo, ella…

Harper no avanzó de inmediato. Algo dentro de ella se rompió en ese instante. La rigidez que había mantenido en el agua, el control que usó para no gritar, se vino abajo.

En ese instante lo sintió.

Capítulo 249. 1

Capítulo 249. 2

Capítulo 249. 3

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