Mateo llegó a la casa en llamas que lo hizo observar a la mujer de pie frente a una de las camionetas. El resplandor anaranjado iluminaba la noche. Las llamas devoraban la estructura con una voracidad implacable, el calor era sofocante y el humo se elevaba en densas columnas negras. Los muebles y las cortinas ardían, convirtiéndose en cenizas que flotaban en el aire. Las ventanas habían estallado por el calor, lanzando fragmentos de vidrio al suelo.
Harper sonreía orgullosa de lo que causó, mientras Mateo, sin pensarlo se fue sobre ella con sus ojos cargados de descontrol.
—¿Qué demonios te pasa? —Harper mantuvo su compostura, recibiendo de golpe la fragancia masculina que le golpeó el rostro.
—Feliz mes de casados, esposo— Mateo enfureció mucho más. —¿No te gustó mi regalo? —se echó el cabello hacia atrás. —Es una pena. Me esforcé mucho. No creas que encender la casa fue fácil.
Lo único que había salvado de esa casa fue su propio pasaporte y era una razón más para sonreír.
—Beagle conduce, iré a dejar a esta desquiciada con su familia, porque si la tengo cerca la mato —espetó iracundo, tomando del codo a la pelirroja que tropezó al ser llevada de esa forma.
—Dame mi libertad y jamás volverás a saber de mí— la subió al vehículo sin ningún cuidado.
—Sí pudiera deshacerme de tí, lo haría sin pensarlo —la amarró con el cinturón de seguridad. Estaba seguro que si la dejaba, los haría accidentarse. —Pero nadie te quiere cerca por un año y entiendo la razón. Eres aborrecible.
Harper sintió el impacto de su aliento, sus ojos ardieron con los insultos, pero no se permitió escuchar a su mente haciendo más grande esa emoción.
—Eso es lo que pienso de tí, cretino —le escupió la cara y Mateo reaccionó tomándola de la barbilla, limpiando la saliva con la mano para luego pasarla por su rostro. Aunque Harper no se quedó atrás atrapando la zona entre el índice y el pulgar, clavando sus dientes con fuerza.
Mateo apretó los dientes ante la nueva ola de dolor que le cubría la mano, liberándose con rapidez, viendo la sangre manando de la herida que lo hizo sacudirla.
—¿Qué mierd@ haces? —cuestionó furioso.
—Sangras —escupió ella. —Puedo matarte.
El dolor en su mano lo hizo mover los dedos con la sensación que al fin conocía. Era tan horrenda como la describieron. Aunque no se arrepentía.
Rió al verla tan segura de lograrlo. Muchos lo habían prometido. Desde niño lo repitieron, ninguno lo logró y nadie podría hacerlo.
—La cosa es que…ni siquiera la oportunidad vas a tener —se acercó a su rostro. —Beagle, conduce. Lleva a esta mujer a dónde pertenece.
—Al fin— suspiró Harper con una sonrisa satisfecha. Mateo se fijó en los guantes, pues recordó que las dos veces anteriores, tampoco tenía sus manos sin ellos. —¿Qué? ¿Quieres un par?
El mafioso se dio la vuelta para dejar de verla. No quería saber nada de ella más que tenerla tan lejos cómo fuera posible.
Beagle suspiró al abordar el vehículo. Observando todo lo que había causado y sabiendo quién era, fijó los ojos en ella.
—Coopere para que pronto esté dónde quiere y yo de regreso, señorita —sugirió viéndola a través del espejo. —No la tocaré más de lo debido, pero necesito que mantenga sus manos a la vista.
Ni siquiera sabía cómo había incendiado una casa entera, eso ya decía mucho de lo que era capaz de hacer y no quería averiguar qué más podría ocasionar.
—Sólo sácame de este lugar, Bagel.
—Antes era una raza de perro y ahora un pan, genial —el integrante de los Demons solo pudo mover la cabeza, pero a Harper no le importó al ver al mafioso exigir que apagaran las llamas. Sus ojos se encontraron y pese al repudio que tenía por él, le guiñó un ojo.
Esa mujer era el infierno personificado y amoldado. Entonces se dio cuenta de que le estaba facilitando la vida, cuándo ella lo único que había logrado era volver la suya un completo desastre.
—¡Detén el auto! —Beagle acató la orden de inmediato.

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