Capítulo 242 A media tarde, después de recoger sus cosas en el resort, los tres se dirigieron al restaurante japonés que Chase les había mencionado.
El Restaurante Hoshizora los recibió con interiores de madera cálida, faroles de papel encendidos y amplios ventanales que daban a un lago tranquilo que se extendía bajo el cielo de la ciudad. A pesar de estar en pleno centro de Aethelis, el terreno espacioso del restaurante creaba un oasis de calma, con un encanto difícil de ignorar.
-¡Guau! -Josh abrió los ojos como platos-.
Mami, ¡mira los faroles! Papi, yo pensé que el lago del que hablabas iba a ser chiquito, ¡pero es enorme!
Chase sonrió más ampliamente al ver la cara de asombro de Josh.
-Te lo dije, ¿no? Sabía que te iba a gustar.
-Gracias por traernos -dijo Althea con una sonrisa discreta.
-Ojalá no tuviera que dejarlos. -Su voz bajó a un murmullo juguetón, suavizado por la presencia de Josh-. Preferiría quedarme con ustedes dos. Pero qué puedo hacer si el trabajo llama y hay que resolverlo ya.
Althea se rio quedamente.
-Esa es tu responsabilidad.
-Le pedí a Beni y a Arthur que los cuiden. Avísame cuando terminen la reunión.
Ella asintió.
-Y Josh -agregó Chase, agachándose para quedar a la altura de sus ojos-, cuida a tu mamá.
Mientras no esté, tú eres el encargado. ¿Sale, campeón?
-No te preocupes, papi. Déjamelo a mí. -Josh infló el pecho y se lo palmeó con orgullo.
-Bien. Entonces me voy. Diviértanse. Estoy seguro de que la señora Yoshida tiene muchas historias que compartir, y va a querer escuchar las de ustedes también.
Para Althea, Chase era un hombre con una mente extraordinariamente abierta. Nunca la restringía, nunca le cortaba las alas. Mientras no causara daño, todo era negociable. Pero en cuanto algo se volvía desagradable o asfixiante, Chase trazaba límites claros sin dudarlo.
Poco después, una mujer de unos cincuenta años se acercó, vestida con un kimono elegante. Su cara se iluminó de alegría al reconocer a la joven.
-¡Althea!
Althea nunca imaginó que volvería a ver a esa mujer bondadosa y cálida. El día anterior, mientras disfrutaba de sus breves vacaciones, le llegó un mensaje de la señora Yoshida Sugimura. Quería verla, y Althea aceptó sin dudarlo. Después de todo, todavía le quedaban dos días en Aethelis antes de regresar a Solaviz.
Sus asuntos ahí estaban resueltos. Ya nada la retenía.
-¡Señora Yoshida! -Althea la saludó con un abrazo, de esos que se reservan para una vieja amiga a la que se extrañó mucho-. Qué alegría verla de nuevo.
El abrazo fue cálido, familiar, casi como de familia.
Sin más remedio que seguirla, Althea dejó que Yoshida los guiara a un comedor privado preparado especialmente para ellos.
Se quedó sin aliento en cuanto la puerta se deslizó. Faroles dorados proyectaban un resplandor suave, su luz danzando sobre las paredes de madera oscura adornadas con paneles shoji pintados con delicados cerezos en flor. El aire estaba impregnado del aroma sabroso de caldo dashi y salsa de soya de primera, cálido y acogedor, suficiente para despertar el apetito de cualquiera.
En el centro se extendía una mesa larga de madera pulida, cubierta con un mantel de lino marfil y puesta con platos de porcelana japonesa pintados con profundos patrones en índigo. Cada asiento tenía un respaldo acolchado, creando un ambiente a la vez íntimo y refinado.
Los platillos parecían obras de arte. Sashimi de atún rojo rubí, salmón coral y hamachi pálido se desplegaba con gracia sobre bandejas de piedra, adornado con finas rodajas de limón y ramitas de shiso fresco. Una bandeja de sushi nigiri brillaba como joyas, cada pieza formada a la perfección, como si acabara de salir de las manos de un maestro. Al lado, tempura dorada de camarones y verduras descansaba crujiente y ligera sobre papel fino para absorber el exceso de aceite.
Y eso no era todo. Una pequeña olla de shabushabu burbujeaba tentadoramente, esperando que rebanadas de wagyu crudo se deslizaran por su caldo aromático. Junto a ella, un generoso tazón de ramen humeaba, coronado con cerdo chashu, un huevo semicocido y una lámina de nori negro: tentador, irresistible, imposible de ignorar.
En el centro de la mesa, una charola cuadrada de madera exhibía un surtido de wagashi, delicados dulces japoneses en suaves tonos pastel: mochi, dorayaki y daifuku rellenos de pasta dulce de frijol rojo. Y justo junto al asiento de Josh, un plato de helado de matcha esperaba, cubierto con frijoles azuki y una galleta crujiente, preparado con él en mente.
El salón irradiaba un equilibrio perfecto entre elegancia y comodidad. Aunque los platillos eran refinados, la presentación transmitía una calidez particular, como si Yoshida no buscara presumir su riqueza sino consentir genuinamentea sus invitados.
-¡Guau! ¿Puedo probar todo? -Josh no despegaba los ojos de la mesa llena de tesoros.
-Por supuesto -respondió Yoshida con una sonrisa satisfecha-. De hecho, esperaba que nuestro pequeño caballero lo disfrutara.
Josh rio, volteando hacia su mamá.
-¿Puedo, ma?

Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad
Terminen de subirla por favor...
Suban la novela completa no de cinco en cinco...