Capítulo 399
En otra parte, lejos de los relucientes rascacielos, las salas de juntas atestadas o las hileras de cafeterías donde la gente se entretenía con café y pasteles empalagosos, un edificio destartalado se ocultaba detrás de una línea de almacenes abandonados desde hacía mucho. Su ubicación estaba muy alejada de las arterias principales de la ciudad. Allí apenas se oía el tráfico. Los cláxones casi nunca sonaban. Incluso la señal del celular solía morirse en la zona, como si el mundo se hubiera olvidado de que ese lugar existía.
El almacén estaba iluminado por un único foco amarillo y mortecino, que colgaba torcido del techo.
Su resplandor débil apenas se reflejaba en las paredes húmedas, donde la pintura descascarada dejaba al descubierto capas de cemento viejo. El aire era espeso y asfixiante, cargado del hedor a cigarrillos baratos, café rancio y metal oxidado.
No había ventanas. Solo una rejilla de ventilación pequeña y oxidada que apenas dejaba pasar el aire.
Cada sonido, desde el roce de una silla hasta una respiración lenta o el chasquido de un encendedor,
resonaba con demasiada claridad y retumbaba antes de extinguirse en los rincones de la sala.
Un hombre se arrellanaba con comodidad en una silla desvencijada, una de cuyas patas estaba apuntalada con un taco de madera para impedir que se cayera. Tenía los zapatos apoyados sobre una mesa de madera maltratada, llena de viejoS rasguños, marcas dejadas por objetos pesados que alguien alguna vez estampó contra la superficie sin rodeos. Su postura era demasiado relajada para un lugar tan estrecho y mugriento, como si aquello no fuera un escondite, sino un pequeño trono que él regía sin que nadie lo desafiara.
Frente a él, un viejo televisor de pantalla plana brillaba en silencio. La pantalla emitía una luz rojiza y fría, y mostraba gráficas bursátiles en caída constante. Las líneas descendentes se movían despacio, inevitables, como el pulso desfalleciente de alguien al borde de la muerte.
Afuera, la lluvia repiqueteaba apenas contra el techo de lámina del almacén, golpeando con un ritmo entrecortado. No pasaba ningún auto. Nadie más merodeaba por los alrededores. El lugar era demasiado silencioso para considerarse seguro, y precisamente por eso, perfecto para ocultar algo
podrido.
El hombre sonrió apenas bajo la luz titilante. En aquel silencio, la satisfacción no necesitaba anunciarse en voz alta. Llevaba mucho tiempo esperando ver cómo se cumplía la destrucción que había planeado.
"LAS ACCIONES DEL GRUPO CALLISTER SIGUEN EN CAÍDA LIBRE".
El hombre sonrió, complacido.
-Perfecto -murmuró-. Todo va según el plan.
Otro hombre estaba de pie en un rincón de la sala, con una apariencia que contrastaba fuertemente con la del que ocupaba el centro. Vestía un traje impecable, llevaba las gafas bajas sobre la nariz para ver con claridad bajo la luz tenue y sostenía varios expedientes en las manos, listos para entregar su informe.
-La inspección fiscal se anunciará mañana por la mañana. La prensa ya recibió una filtración con los hallazgos, señor.
-Bien -respondió el hombre sentado con ligereza -. Que se mantengan ocupados apagando el fuego
en su casa.
-¿El comisionado sigue asegurado? -preguntó el segundo hombre.

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