Capítulo 462
—Todavía no —lo interrumpió Cale, frío—. No me has dicho lo único que de verdad importa.
—¿Qué cosa? —preguntó Noel con voz temblorosa.
—¿Dónde está Harold?
Noel se quedó helado. Perdió el poco color que le quedaba en la cara.
—No lo sé —se apresuró a decir—. Lo juro. No deja de moverse. Hasta Oscar...
Cale entrecerró los ojos.
—¿Oscar?
Noel abrió los ojos de par en par. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que había hablado de más.
—¿Lo conoces? —preguntó Cale, sonriendo con malicia—. Claro que sí. Se conocen.
—No, señor. No lo conozco —balbuceó Noel, encogiéndose de miedo—. Lo juro, no estoy mintiendo.
—Es mucho peor que Bret —dijo Chris mientras se 1/2
acercaba. Esta vez, llevaba con soltura un bate de béisbol de metal. Varios hombres que montaban guardia afuera entraron, cada uno con herramientas distintas.
—Ya no puedo ayudarte si no empiezas a hablar — dijo Daven, señalando al grupo preparado para lanzarse sobre Noel sin piedad—. Dicen que las manos de un médico valen mucho, ¿no? Tе conviene recordarlo antes de mentir o de ocultar cualquier otra cosa.
—¡Por favor... sálvenme! —suplicó Noel, aterrado.
El dolor de antes se esfumó, reemplazado por un espanto que jamás había imaginado posible.
—Entonces... dilo claro. ¿Conoces a Oscar?
Noel cedió. No; el terror lo venció, sobre todo cuando aquellos hombres enormes, sombras oscuras con herramientas amenazantes en las manos, se acercaron. Si nadie los detenía, no sabía qué sería de él.
Noel rezó para que ninguno volviera a golpearlo.
—Yo... conozco a Oscar —tartamudeó, jadeando, con la voz quebrada—. Él... él fue quien me puso en
contacto con Harold al principio. Yo solo seguía las órdenes de Harold. Lo juro.
—¿Seguro? —Cale rio con desprecio—. Cuéntamelo todo, Noel, antes de que cambie de opinión.
—¡No hay nada más! ¡Lo juro! Ya no oculto nada. Lo único que no sé es dónde está Harold... De verdad.
¡No lo sé!
Cale lo estudió un largo rato, indescifrable, evaluando si la confesión había llegado demasiado tarde. Para él, las personas como Noel no merecían clemencia. El mundo ya les había dado demasiado margen.
Hizo una breve seña con la mano.
Dos hombres levantaron a Noel. El médico ya no podía mantenerse erguido; avanzaba a trompicones, tenía la cara amoratada y un brazo le colgaba en un ángulo antinatural. Hizo una mueca de dolor mientras lo arrastraban fuera de la habitación, pero ya no hubo más gritos. El miedo ya había podido más que el dolor.
—Sáquenlo de aquí —dijo Cale con sequedad—.
Procuren que siga vivo. Todavía lo necesito.
***
El trayecto hasta el lugar donde tenían a Oscar fue rápido, no porque estuviera cerca, sino porque ninguno quería demorarse ni hablar de más en esa zona.
El auto avanzaba veloz por el viejo camino del puerto, donde contenedores oxidados se alzaban como edificios muertos. Las farolas brillaban con luz tenue; algunas parpadeaban, otras estaban del todo apagadas. El aire era húmedo y frío, incluso con las ventanas bien cerradas. El olor a metal y agua de mar se metía igual.
Chris echó la cabeza hacia atrás contra el asiento, con la mandíbula apretada. Seguía con los puños cerrados, como si su furia no encontrara dónde descargarse.
—Rioverde —dijo al fin, rompiendo el silencio—.
Lo destruyó como si nada.

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