Capítulo 499
Selena respiró despacio antes de hablar.
Controló el gesto, relajó los hombros y miró por turnos a Nathan y a Riana. Habló con suavidad, casi con pesar.
—Antes que nada, quiero disculparme —dijo Selena—. Sé que la forma en que actué ayer fue impactante y desagradable.
Eli se tensó. Apretó la servilleta sobre el regazo.
Vio de reojo que su madre tomaba las riendas de la conversación. Aun así, no se atrevió a levantar la cabeza.
—Ya esperé bastante —continuó Selena, sin dejar margen para respuesta.
Nathan no la interrumpió. Solo se reclinó en la silla y entrelazó los dedos sobre la mesa. Nathan se mantenía sereno; daba espacio y, a la vez, presionaba. Los platos frente a ellos seguían intactos, como simples adornos. Aunque se vieran apetecibles, la tensión en la sala les quitaba todo atractivo.
—¿Cuánto más debía esperar? —Selena suspiró largo. Su gesto se suavizó con tristeza mientras
se inclinaba hacia adelante—. Ustedes saben quién es Eli. Saben quién fue su padre. Pero desde que revelé esa verdad, no le han hecho caso. La situación de Eli quedó en el aire, sin definir.
A Riana se le acabó la paciencia.
—Selena...
—¿Les da vergüenza? —la cortó Selena enseguida. Miró a Riana con una decepción punzante—. ¿Les da vergüenza aceptar que Chase tuvo otra hija? ¿O vergüenza ante el mundo porque esa hija nació de una mujer a la que nunca consideraron su igual?
—Yo nunca dije eso, Selena. Mide tus palabras —respondió Riana con dureza.
Nathan extendió la mano y posó con suavidad el dorso de la suya sobre la de su esposa. Riana volteó hacia él, irritada. Nathan le sonrió y asintió, como si le pidiera en silencio que escuchara primero.
Que hable. Que revele lo que quiere en realidad.
Riana cedió. Eli, en cambio, bajó más la cabeza.
Sentía el pecho oprimido. Esas palabras no iban dirigidas únicamente a Nathan y a Riana;
también la golpeaban a ella, como una cachetada.
—Quizá no lo hayan dicho —continuó Selena, con una sonrisa triste—, pero así es como me han tratado. Lo noto, señora Miller.
Entonces Nathan intervino.
—Te disculpas —dijo Nathan, sereno— y luego usas esa disculpa para acusarnos.
Selena esbozó una sonrisa.
—Solo expongo los hechos desde mi perspectiva.
—Muy bien —respondió Nathan con calma—.
Entonces permíteme compartir algunas cosas desde la nuestra.
Se enderezó en la silla. Habló bajo, con mesura y sin alzar la voz, como un líder acostumbrado por igual a los debates en salas de juntas y tribunales.
—¿Por qué tuvo que ser a través de los medios?
—preguntó—. ¿Por qué no viniste a nuestra casa?
Selena se encogió de hombros.

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