Las últimas semanas habían sido agotadoras para Daven y su equipo legal, metidos de lleno en un juicio largo y extenuante.
Esa mañana, el tribunal estaba más concurrido que de costumbre. La prensa se agolpaba tras las barricadas, ansiosa por captar cada instante de un caso que acaparaba la atención pública desde el principio. Los apellidos Callister y Miller, junto con los dos acusados: Harold y Selena, estaban en boca de todos.
El auto en el que viajaban Daven y su familia se detuvo en una zona restringida.
La puerta se abrió y Daven bajó primero. Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos seguían afilados, fríos e inquebrantables. Se volvió y le tendió la mano a Althea.
—Con calma —dijo en voz baja.
Althea aceptó su mano sin decir nada. Por instinto, se llevó una mano al vientre ligeramente abultado, mientras con la otra se aferraba a la de Daven.
—Estoy bien —murmuró.
Daven la miró.
—Quédate cerca de mí. Detrás de ellos, Nathan y Riana bajaron más despacio. Eli bajó al final y se detuvo unos segundos, sin apartar la vista del imponente edificio frente a ella. Contuvo el aliento y preguntó en voz baja: —Esto... ¿es el tribunal?
Riana se acercó y le tomó la mano.
—Estamos aquí contigo. Eli asintió apenas.
—No tengas miedo —añadió Nathan, sereno.
—No... no tengo miedo —respondió Eli, aunque le tembló un poco la voz.
Daven se volvió hacia ellos.
—Vamos a entrar.
Entraron juntos al tribunal. Caminaban con firmeza, pero la tensión que los rodeaba era imposible de ignorar. Pasaron entre los reporteros que los esperaban y les lanzaban preguntas sin tregua. El personal de seguridad se apresuró a abrirles paso para facilitarles la entrada al edificio.
Poco después, entraron a la sala del tribunal, que ya estaba repleta. Varias personas voltearon en cuanto entraron Daven y su familia.
Un murmullo recorrió la sala.
—Ese es el señor Callister.
—Vino con su esposa. Creo que este juicio va a ser más intenso que el anterior.
—Hasta Nathan y Riana Miller están aquí.
—Y esa niña... ¿esa es Eli?
Daven no hizo caso a nada de eso. Guio a Althea hacia los asientos que les habían reservado en la primera fila. Nathan y Riana ocuparon sus lugares a un costado, con Eli en medio.
—Siéntate —le murmuró Daven a Althea.
Ella obedeció. Eli también se acomodó en su asiento, con los dedos aún aferrados al borde de su falda. Miraba a su alrededor con cautela, mientras intentaba acostumbrarse a la sala.
Entonces se abrió la puerta de la derecha. El ambiente cambió. La sala se tensó, las voces se apagaron y todos sintieron el peso del momento. Poco después, escoltaron a dos figuras al interior bajo estricta custodia.
Harold y Selena. En cuanto aparecieron, Eli se quedó rígida. Se le atoró la respiración en la garganta.
Selena entró con la cabeza en alto. Su cara seguía impecablemente inexpresiva, aunque su mirada estaba más afilada que nunca. Recorrió la sala con la mirada y de pronto la detuvo.
La detuvo en Eli apenas unos segundos, pero bastó para que Eli bajara la vista.
—Eli —susurró Althea.
La niña levantó un poco la cabeza.
—Mira al frente —continuó Althea—. No tienes por qué tenerle miedo. —Le apretó la mano a Eli con firmeza para tranquilizarla, como un recordatorio silencioso de que estaba a salvo, de que nada le pasaría ahí.
Eli tragó saliva.
—No tengo miedo —murmuró.
—Bien —respondió Althea con voz cálida.
Mientras tanto, Daven miraba al frente. Apretó la mandíbula, pero no mostró ninguna emoción. Al otro lado de la sala, Cale y Chris ya ocupaban sus lugares.
Chris suspiró.
—Todavía tiene el descaro de mirar hacia acá.
Cale no respondió. Seguía tranquilo, pero tenía una mirada cortante.
—Déjala —dijo con sequedad, echándose hacia atrás en la silla—. Tal vez le sorprende que hayamos traído a Eli.
Chris rio.
—Probablemente.
El juez entró y todos se pusieron de pie.
—Se abre la sesión.

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