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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 674

La mañana llegó a Berlín bajo un cielo pálido; el aire aún conservaba los últimos rastros del frío nocturno. En el piso superior de la moderna torre de oficinas de Brandon, la sala de juntas principal estaba lista desde una hora antes. Los documentos finales estaban alineados sobre una mesa de madera y la pantalla de presentación ya se encontraba encendida. En una esquina, dos empleados esperaban instrucciones en silencio.

Brandon entró primero con su calma habitual. Llevaba el saco oscuro abierto, sin abotonar, y una taza de café en la mano. Parecía un hombre que nunca había tenido motivos para apresurarse. Unos segundos después llegó Cale con Vincent. Cale tenía la cara tranquila, como siempre, pero algo en su presencia hizo que toda la sala adquiriera mayor formalidad en cuanto tomó asiento.

—Buenos días —dijo Brandon mientras se sentaba frente a él—. Espero que tu noche haya ido mejor de lo que sugiere tu cara.

—Mi cara no tiene nada de malo —respondió Cale, indiferente.

—Ese es justo el problema. Tus ojeras dan miedo. —Brandon rio por lo bajo y luego miró a su personal—. Terminemos esto antes de que me aburra.

El empleado le entregó los borradores del contrato.

La reunión comenzó sin cortesías innecesarias. Discutieron las cifras finales, revisaron los porcentajes de distribución, confirmaron los calendarios de envío y aclararon las cláusulas legales una por una. Brandon era muy hábil para los negocios, algo que contrastaba con la imagen relajada que siempre proyectaba.

Detectaba los puntos débiles enseguida, negociaba con agilidad y aceptaba sin demora los términos que convenían a ambas partes.

—El primer centro de distribución estará en Portclair —dijo Brandon. Dio unos golpecitos en una de las páginas del contrato—. Quiero acceso prioritario por seis meses.

—Tienes cuatro —respondió Cale con calma.

—Cinco.

—Cuatro y medio —dijo Cale sin mirarlo, más pendiente de otra sección del contrato que tenía enfrente.

Brandon se rio.

—De verdad odias perder.

—Odio perder el tiempo.

—Está bien. Cuatro y medio. —Brandon firmó la última página y deslizó la carpeta por la mesa—. Buen trato.

Cale revisó el contrato una vez más sin prisa y luego estampó su firma. Vincent recogió los documentos y se los entregó al equipo legal que esperaba detrás de él.

Brandon se recostó en la silla, satisfecho.

—Debo admitir que trabajar contigo es mucho más agradable de lo que esperaba.

—No estoy aquí para entretener a nadie.

—Por eso me caes bien. —Brandon alzó su taza de café—. La gente demasiado amable suele ocultar malas intenciones.

Cale no respondió. Solo bebió un sorbo del agua que tenía delante. Aun así, el acuerdo importaba. Con la red europea de Brandon y el acceso logístico internacional de Cale, el proyecto que habían construido juntos generaría enormes ganancias para ambas partes.

El ambiente se hizo más ligero una vez cerrados los documentos. Uno de los empleados entró con una tableta y se inclinó para susurrarle algo a Brandon al oído. Su expresión cambió por un momento; luego, alzó una ceja.

—¿Estás seguro?

El empleado asintió y bajó la cabeza. Brandon exhaló despacio.

—Perdón. Parece que necesito ausentarme un momento.

—¿Un problema de negocios? —preguntó Cale.

—No. —Sonrió apenas—. Es un asunto familiar.

Apenas se había dado la vuelta para irse cuando la voz de Cale lo detuvo.

—Brandon.

Él volteó.

—¿Sí?

Cale le sostuvo la mirada.

—¿Qué relación tienes con la familia Falcon?

Por primera vez esa mañana, Brandon pareció genuinamente sorprendido. Entrecerró los ojos y miró un instante a Vincent antes de volver a Cale.

—Esa es una pregunta muy específica.

—Entonces dame una respuesta igual de específica. —La sonrisa de Cale era casi imperceptible, pero su forma de mirar a Brandon dejaba clara una cosa. Quería la verdad, y la quería ya.

De pronto, todos en la sala guardaron silencio. El personal bajó la mirada por instinto y retrocedió varios pasos; entendía que aquella era una conversación privada.

Brandon regresó a la mesa y apoyó ambas manos sobre la madera pulida. Aún sonreía, aunque de manera mucho más tenue.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque no me gusta descubrir conexiones ocultas después de firmar un contrato.

—A mí tampoco me gusta que investiguen mi vida privada.

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