La luz de la mañana entró despacio en la suite del hotel, todavía sumida en el silencio. Las cortinas pesadas seguían a medio abrir y solo dejaban pasar unas líneas pálidas de luz que se extendían por el piso. En la habitación de huéspedes, Naomi despertó con la respiración entrecortada, el cuerpo empapado en sudor. Aferraba las sábanas con fuerza, como si todavía intentara escapar de aquello que la perseguía.
Mientras intentaba orientarse, medio incorporada en la cama, escuchó que una puerta se abría a su lado.
—¿Naomi?
Lydia entró rápidamente. Tenía el cabello suelto y revuelto porque acababa de levantarse, pero en cuanto vio el estado de la chica, se alarmó.
—Dios mío, ¿qué te pasa? ¿Tuviste una pesadilla?
Naomi la miró sin reaccionar durante unos segundos y luego asintió despacio. Tenía la garganta seca.
—Perdón... ¿te desperté?
—Gritar mientras lloras suele bastar para despertar a cualquiera. —Lydia se sentó en el borde de la cama y tomó el vaso de agua de la mesita de noche—. Primero bebe.
Naomi lo tomó con las manos temblorosas. Unas gotas le cayeron sobre los dedos. Lydia la observaba con atención y procuraba transmitirle la seguridad que Naomi probablemente no sentía desde hacía mucho.
—¿Esto tiene que ver con lo de anoche?
Naomi apenas negó.
—No. —Inhaló hondo, tratando de calmarse—. Fue por... algo que pasó hace mucho tiempo.
Lydia no insistió.
—Si quieres hablar, te escucho. Si no, solo dime cuando estés lista para desayunar.
Naomi fijó la mirada en el agua del vaso.
—Mi tío... llegó en plena noche. —Su voz sonaba suave y ronca—. Dijo que tenía que irme. Pensé que por fin iba a volver a ver a mi papá y a mi mamá... y también a mi hermana mayor. Pero casi no habló. No me explicó nada.
Apretó el vaso entre las manos.
—Le pregunté adónde iría el resto de la familia. Solo me dijo que tenía que obedecerlo. Que jamás discutiera.
Lydia guardó silencio y dejó que la chica recuperara el aliento, dispuesta a escuchar todo lo que aún necesitara contar sobre esa pesadilla.
—Me llevó al aeropuerto. Luego... me dejó con una mujer que ni siquiera me sonrió. —Naomi soltó una risa amarga—. Yo todavía era pequeña. Pensé que mi tío volvería en unos minutos.
—Pero no volvió. —Naomi negó con la cabeza mientras contenía las lágrimas—. Nunca regresó.
El cuarto quedó en silencio. Lydia le acarició despacio el dorso de la mano.
—La mujer era estricta, fría y vivía enojada —continuó Naomi—. Pero se encargó de mis papeles, me obligó a ir a la escuela, me enseñó el idioma y me ayudó a sobrevivir en Alemania. —Tragó saliva—. La odié durante años. Ahora pienso que... tal vez solo no sabía ser cariñosa.

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