La puerta de la habitación del hotel se abrió. Alguien entró a toda prisa en la suite principal y una ráfaga de aire frío se coló desde el pasillo antes de que la puerta alcanzara a cerrarse.
Cale entró primero, todavía con el mismo traje con el que había salido esa mañana. Su expresión era indescifrable, pero la tensión de su mandíbula delataba el esfuerzo que hacía por contenerse.
Detrás de él venía Vincent, con la respiración estable, como si subir varios pisos corriendo fuera algo cotidiano. Lydia, que estaba arrodillada junto a Naomi, se volvió hacia ellos.
—Por fin. —Su voz era cortante. Se levantó deprisa y encaró a Cale sin ocultar su frustración. —Tardaste demasiado.
—Había mucho tráfico. Vine lo más rápido que pude.
Lydia cerró los ojos con fuerza. Sabía que no debía estar tan alterada, pero ¿cómo mantener la calma con Naomi en ese estado?
Pudo haber llevado a Naomi al hospital. Pero ¿y si la gente que la buscaba estaba ahí? ¿Y si sabían dónde encontrarla? Lydia apenas acababa de enterarse de todo lo que la chica había pasado.
No. No podía darse el lujo de ser imprudente. Por eso le pidió a Andrew que trajera al médico privado de su mayor confianza.
Cale no respondió. Ya estaba concentrado en Naomi, tendida en el sofá. La chica tenía la cara pálida, los labios secos, mechones de cabello pegados a las sienes por el sudor. Su respiración era agitada e irregular.
—Vincent, llama al doct...
Lydia lo interrumpió.
—El doctor ya viene en camino. Está con Andrew. Espero haber hecho lo correcto al pedirle ayuda. Cale pareció contener su impaciencia.
—Si Andrew no se retrasó, ya debería estar aquí.
Luego se acercó a su esposa y le rozó el hombro.
—Hiciste lo correcto, mi amor. Gracias.
Naomi volvió a moverse inquieta. Su expresión se ensombreció, como si estuviera atrapada en una pesadilla. De sus labios salió un murmullo apenas audible.
—Tío...

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