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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 684

Naomi lo observaba todo en silencio.

El respeto que le tenían a Cale era incuestionable, y el cariño que mostraban por Lydia resultaba igual de obvio. La pareja parecía pertenecer a un mundo del todo distinto del suyo.

La acomodaron en el asiento trasero del primer auto, junto a Lydia, mientras Trent ocupaba el lugar del copiloto. Cale subió al final y se sentó junto a Lydia; por instinto, se colocó entre su esposa y la puerta.

—¿Estás bien? —preguntó Cale en voz baja.

—Estoy bien. —Lo miró—. Tú eres el que parece tenso.

—Solo estoy cansado.

—Espero que Vincent no te llene de trabajo enseguida. Debería dejarte descansar.

—Sí, sí, sí. —Cale chasqueó la lengua, aunque una sonrisa le asomó a los labios.

Le acarició la coronilla a su esposa con cariño. Naomi volvió la cara hacia la ventana.

Por alguna razón, ver ese pequeño gesto le provocó una emoción difícil de nombrar. No era envidia, pero tampoco era exactamente tristeza. Quizá solo era el dolor de contemplar algo que ella nunca había tenido.

Portclair desfilaba ante sus ojos convertida en un borrón. Edificios altísimos de cristal, autopistas superpuestas, puertos bulliciosos, letreros gigantes y luminosos, y multitudes que avanzaban con paso decidido. Todo se veía imponente y rebosante de vida.

—¿Qué te parece? Es hermosa, ¿no? —preguntó Lydia, rompiendo el silencio.

—No sé. Es la primera vez que vengo a esta ciudad. Me parece... muy concurrida —respondió Naomi en voz baja.

—También es cierto.

Naomi siguió mirando al exterior.

En su mente, Berlín reapareció en fragmentos, como una película vieja. El departamento estrecho, la panadería de la esquina, la parada donde esperaba el autobús cada día, los interminables empleos de medio tiempo y la modesta vida que se había construido.

¿De verdad podía dejar todo eso atrás con tanta facilidad?

Por fin, el auto entró a un exclusivo distrito residencial en la ladera de una colina. Unos altos portones de hierro se abrieron solos y dejaron ver un camino ascendente bordeado de extensos jardines y árboles centenarios. Una fuente de piedra se alzaba en el centro de los amplios terrenos.

Naomi tragó saliva.

—¿Esta es su casa?

—Una temporal —respondió Lydia con naturalidad—. No es la residencia principal de la familia.

Naomi se volvió hacia ella.

—¿Hay otra casa?

—Varias.

No logró ocultar su asombro. Así que esos dos no eran unos simples viajeros en Berlín.

Un anciano de cabello plateado avanzó despacio, aunque con porte erguido, vestido con un uniforme impecable de mayordomo. Tenía una mirada aguda, propia de quien había visto demasiado a lo largo de los años.

Primero hizo una reverencia a Cale.

—Señor.

Luego a Lydia.

—Y felicidades por su matrimonio. Deseo que el señor Miller y la señora Lydia reciban siempre bendiciones y protección.

—Gracias, señor Shipley —dijo Lydia con calidez.

Pero en cuanto sus ojos se posaron en Naomi, se detuvo a media zancada. Apretó el bastón con fuerza.

Se quedó mirando a la muchacha un largo instante, como si contemplara a un fantasma del pasado que jamás debió reaparecer.

Los labios del anciano se movieron apenas.

—¿Esa cara...?

Luego alzó la mirada hacia Cale.

—No me diga que...

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