Mientras la violencia estallaba en el piso de abajo, en el silencio de la planta 40, otra transformación estaba ocurriendo.
Por aquí, señorita Alcázar.
Adrián abrió una puerta panelada en la pared de la oficina que estaba tan bien disimulada que Nuria ni siquiera la había notado, La apertura reveló un cuarto de baño privado que era más grande que el dormitorio principal de cualquier apartamento de la ciudad. Mármol negro veteado en oro, toallas grises de algodón egipcio y una ducha con mampara de cristal que parecía una cascada moderna.
En las bolsas hay ropa, calzado y artículos de aseo —dijo Adrián, dejando los paquetes con logotipos de la Quinta Avenida sobre la encimera de granito—. El señor Armand fue muy específico con las tallas, Tómese su tiempo, Yo estaré fuera custodiando la puerta.
Nuria asintió, agradecida, y cerró la puerta con pestillo.
Al quedarse sola, el silencio la envolvió, caminó hacia el espejo iluminado y se enfrentó a su reflejo, la imagen era desoladora: el rímel corrido le daba aspecto de mapache, el vestido crema estaba irreconocible por las manchas, y su cabello era un nido de pájaros, parecía una víctima.
Se acabó ser la víctima —susurró a su propio reflejo.
Se desnudó con rabia, arrancándose el vestido sucio y tirándolo a la papelera metálica, no quería volver a verlo.
Entró en la ducha, el agua caliente golpeó su piel, lavando la suciedad del callejón y el rastro invisible de las humillaciones de Gael, tomó el gel de baño que había en la repisa. Olía a sándalo y cítricos, era el olor de León. Se enjabonó con él, sintiendo que al hacerlo se estaba cubriendo con su aroma, marcándose como territorio protegido.
Salió, se secó y abrió las bolsas con manos temblorosas.
Primero sacó la ropa interior. Esperaba algo funcional, beige, reductor, como lo que Gael siempre le exigía usar, pero lo que salió de la bolsa fue un conjunto de seda y encaje color vino tinto, era elegante, sensual y caro. Miró la etiqueta y sintió un nudo en la garganta, era su talla exacta, ni una talla menos para obligarla a adelgazar, ni una talla más grande tipo "abuela" para esconderla, era perfecta.
«Él me miró y supo exactamente cuánto mido».
Se puso la lencería, sintiéndose extraña al no notar la presión asfixiante de una faja. Luego sacó el vestido, era un diseño cruzado de color azul noche, de una tela suave y pesada que caía sobre sus curvas como agua líquida, abrazando su cintura y realzando su escote en "V" sin ser vulgar. Se lo puso, subió el cierre y se miró al espejo.
La mujer que le devolvió la mirada no era la "vaca" de Gael, era una mujer con cuerpo de reloj de arena, imponente, con pechos generosos y caderas suaves, se aplicó un poco de crema hidratante en la cara, se peinó el cabello húmedo hacia atrás dejándolo suelto en ondas naturales y se calzó unos stilettos negros que también le quedaban como un guante.
Por primera vez en tres años, Nuria Alcázar se sintió hermosa y lo más peligroso: se sintió lista para la guerra.
Veinte minutos después, la puerta del despacho se abrió.
León entró, la adrenalina de la violencia aún corría por sus venas, haciendo que sus pupilas estuvieran dilatadas, necesitaba calmarse, necesitaba un trago, pero se detuvo en seco al levantar la vista.
Nuria estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a él, mirando la ciudad bajo la lluvia, la silueta que recortaba contra la luz gris era espectacular, el vestido azul noche se ceñía a su cintura y caía suavemente sobre esas caderas que lo habían vuelto loco la noche anterior.
Al oír el clic de la cerradura, ella se giró.
León sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, ya no había rastro de la vagabunda del callejón, ante él estaba una reina, sus ojos color miel brillaban con una mezcla de miedo y esperanza, y el azul oscuro de la tela hacía que su piel pálida pareciera porcelana viva.

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