La puerta del despacho se abrió y Adrián entró con la eficiencia de un reloj suizo, cargando una caja de botiquín en una mano y varias bolsas negras con el logotipo de tiendas de lujo en la otra, sin embargo, su rostro habitualmente estoico mostraba una grieta de urgencia.
Señor —dijo, dejando las cosas sobre una mesa lateral—, seguridad informa que el coche de Gael Armand acaba de entrar en el parking subterráneo a toda velocidad y ha ignorado el control de acceso.
Nuria dio un respingo en el sillón, sus manos aferrándose a los reposabrazos de terciopelo, el miedo, ese viejo conocido, volvió a tensar sus hombros.
León en cambio, ni se inmutó, se puso de pie lentamente, abrochándose el botón de su chaqueta y alisándose el traje oscuro, su expresión era de una calma absoluta, pero no era una calma pacífica; era la calma estática que precede a la masacre.
Perfecto —dijo León, con una frialdad que heló el aire de la habitación. Miró a Nuria, y sus ojos grises se suavizaron imperceptiblemente—. Adrián, escolta a la señorita a mi baño privado, que se limpie, se cure esos pies y se vista.
¿Y tú? —preguntó ella, poniéndose de pie de un salto y agarrándolo de la manga de la chaqueta, deteniéndolo—. ¿A dónde vas? Gael está furioso.
León miró la mano de ella sobre su brazo, luego subió la vista a sus ojos color miel llenos de pánico, se soltó suavemente de su agarre, pero antes de alejarse, tomó su mano y le besó los nudillos raspados con una reverencia antigua.
Voy al lobby —respondió, y su voz bajó una octava, vibrando con una promesa oscura—. Tengo que enseñarle a mi sobrino que nunca se debe intentar robar en la guarida del lobo, quédate aquí estás a salvo.
León salió del despacho sin mirar atrás, dejando una estela de poder y peligro a su paso.
Cuarenta pisos más abajo, en el inmenso lobby de mármol de Armand Holdings, la guerra ya había comenzado, el ambiente era caótico, las recepcionistas habían dejado de teclear y miraban con ojos desorbitados la escena, Gael Armand, el vicepresidente y heredero aparente, estaba rojo de ira, gritando y agitando los brazos como un niño malcriado al que le han negado un juguete en el supermercado.
¡Saben quién soy! —bramaba Gael, empujando el pecho de uno de los guardias de seguridad que le bloqueaba el paso hacia los ascensores—. ¡Soy el vicepresidente de esta maldita empresa! ¡Soy un Armand! ¡Quítense de en medio o los despido a todos!
El acceso a la planta ejecutiva está restringido, señor —repitió el jefe de seguridad, un hombre ancho como un armario, con calma robótica—. Órdenes directas del CEO.
¡Me importa una m****a lo que diga mi tío! —Gael escupió al suelo, fuera de sí—. ¡Mi esposa está ahí arriba! ¡La tiene secuestrada! ¡Es un asunto familiar!
El sonido de un ascensor llegando al lobby hizo eco en el silencio tenso que siguió a sus gritos, un ding suave anunció la llegada, las puertas de acero se abrieron y León Armand salió al vestíbulo. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos del pantalón, irradiando una calma gélida que hizo que la temperatura del lobby pareciera bajar diez grados de golpe, su presencia era magnética y aterradora y los guardias, al verlo, se apartaron de inmediato, abriéndole paso como el Mar Rojo ante Moisés.
Gael se detuvo en seco al verlo, por un segundo, el miedo puro cruzó sus ojos, un recuerdo infantil del respeto que su tío imponía, pero su orgullo herido y la humillación pública pudieron más.
¡Tú! —Gael señaló a León con un dedo acusador, temblando de rabia—. ¿Qué demonios crees que haces? ¿Dónde está Nuria?
León se detuvo a dos metros de su sobrino, lo miró con la indiferencia aburrida con la que uno mira a un insecto molesto antes de aplastarlo.
Baja la voz, Gael —dijo León, y aunque no gritó, su voz resonó en todo el vestíbulo—. Estás asustando a la recepcionista y estás manchando el apellido gritando como un poseso, compórtate como un hombre, si es que recuerdas cómo hacerlo.
¡No me des lecciones! —Gael avanzó un paso, agresivo, intentando recuperar terreno—. ¡Sé que está arriba! ¡Súbeme ahora mismo! Esa mujer está loca, me robó joyas, está inestable mentalmente, tengo que llevarla a una clínica antes de que haga una estupidez y arruine mi reputación.
Gael, acorralado y humillado frente a los empleados que miraban desde lejos con los ojos como platos, intentó jugar su última carta, una sonrisa torcida y maliciosa apareció en su rostro sudoroso.
Ya veo… —Gael soltó una carcajada nerviosa, cruel—. Te la quieres tirar, ¿verdad? ¿El gran León Armand recogiendo mis sobras? Adelante, tío, quédatela, de todas formas, en la cama es como un témpano de hielo, es aburrida y esta gorda, no sabe moverse, te aburrirás de ella en una semana.
El aire en el lobby se detuvo. León no gritó ni perdió la compostura, simplemente, su puño derecho voló, fue un golpe limpio, técnico y brutal, conectó directamente con la mandíbula de Gael, se escuchó el sonido seco, repugnante y satisfactorio del hueso chocando con el hueso. Gael salió despedido hacia atrás y cayó al suelo de mármol como un saco de plomo, escupiendo sangre, se llevó la mano a la boca, mirando a su tío desde el suelo con terror absoluto.
León se ajustó el gemelo de la camisa con calma, mirando a su sobrino desde arriba como si fuera una mancha en su zapato.
Nuria no es un témpano de hielo —dijo León, con una frialdad que helaba la sangre—. El problema, sobrino, es que tú nunca fuiste lo suficiente hombre para encenderla.
Se inclinó sobre Gael, susurrando para que solo él lo oyera:
Vuelve a acercarte a ella, vuelve a mencionarla, y la próxima vez no me limitaré a golpearte, te enterraré, ahora largo de mi edificio.
León se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor sin mirar atrás.
¡Saquen la basura! —ordenó a seguridad mientras las puertas de acero se cerraban, ocultando su furia.

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