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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 102

Llovía, no era una tormenta, sino una lluvia fina y molesta que calaba los abrigos y empañaba los cristales de los coches negros aparcados en fila.

León bajó del coche y abrió el paraguas para cubrir a Nuria y a Alex. El cementerio estaba vacío, salvo por ellos y dos sepultureros que esperaban a unos metros, fumando un cigarrillo con cara de aburrimiento. Konstantin había comprado el panteón familiar hacía años, una estructura de mármol gris que parecía un banco suizo en miniatura: frío, sólido y caro.

Nuria caminaba despacio, agarrada al brazo de León. Llevaba gafas de sol oscuras, aunque no había sol, para tapar las ojeras de no haber dormido. Estefany iba al otro lado, con la cabeza alta, mirando la caja de madera pulida que seis hombres de seguridad cargaban hacia el nicho abierto.

—Pesa —susurró Alex, mirando el ataúd—. El abuelo era muy grande.

—Sí campeón, era muy grande —dijo León, apretándole la mano.

No hubo música ni discursos largos, el cura dijo unas palabras rápidas en latín que se perdieron con el viento, echó un poco de agua bendita sobre la madera y se apartó, Konstantin había vivido con ruido, pero se iba en silencio.

Nuria se acercó al borde de la tumba, se quitó las gafas un momento, tenía los ojos secos, como si ya no le quedaran lágrimas, sacó una rosa blanca del bolsillo de su abrigo, la había cogido del jardín de casa antes de salir.

—Gracias —dijo en voz baja, tan bajito que solo León la oyó—. Gracias por ponerte delante.

Dejó caer la rosa. La flor aterrizó sobre la tapa con un golpe suave, Estefany se acercó después, miró el agujero negro donde iba a descansar el hombre que le había cambiado la vida para bien y para mal. No tiró flores solo se santiguó y suspiró, un suspiro largo que soltaba treinta años de rencor.

—Descansa, ruso cabezota —murmuró—. Ya era hora de que pararas.

Los operarios se acercaron con las palas. El sonido de la tierra cayendo sobre la madera fue lo peor, un sonido seco, definitivo, que te recuerda que ahí abajo ya no hay nadie, solo un cuerpo.

Bruno Vane, el abogado, se acercó a León mientras rellenaban la tumba, llevaba una gabardina empapada y miraba el reloj.

—Ya está hecho —dijo Bruno en voz baja—. El registro civil tiene el certificado de defunción, la causa de muerte: fallo cardíaco. He tenido que sobornar al forense para que no mencione la bala, no queremos investigaciones policiales ahora.

—Bien —dijo León, sin dejar de mirar a Nuria—. ¿Y Rafael?

—Procesado esta madrugada, el juez lo ha mandado a prisión preventiva sin fianza, módulo de aislamiento, dicen que se cayó por las escaleras de la comisaría antes de entrar en la celda, tiene la mandíbula rota y tres costillas fisuradas.

León asintió, sintiendo una satisfacción fría.

—Que se pudra. ¿Y Vólkov?

—Sigue en prisión, mismas condiciones.

—Perfecto. —León miró la lápida recién colocada: Konstantin Petrov. 1965-2026.—. Se acabaron los monstruos ahora solo quedamos nosotros.

—¡El coche! —rugió León a Adrián, levantando a Nuria en brazos—. ¡Abre la puerta! ¡Al hospital, ya!

—¡Me duele! —lloraba ella contra su cuello—. ¡Se va, León! ¡Siento que se va!

León corrió por el camino de grava con su mujer en brazos, sintiendo que el corazón se le salía del pecho, habían enterrado a un padre hacía cinco minutos, no podía ser que ahora fueran a enterrar a un hijo, la vida no podía ser tan cruel.

—Aguanta, Nuria —le decía mientras la metía en el asiento trasero del coche—. Respira, no te voy a dejar, te lo juro que no te voy a dejar.

El coche arrancó derrapando, salpicando barro sobre las lápidas silenciosas, atrás quedaba Konstantin, delante una carrera contra el tiempo para salvar lo único que le quedaba de él.

Alex se quedó de pie bajo la lluvia, agarrado a la mano de su abuela Estefany, viendo cómo el coche de papá se alejaba a toda velocidad con las luces de emergencia puestas.

—Abuela... —preguntó el niño con voz pequeña—. ¿Mamá también se ha ido a dormir como el abuelo?

Estefany se tragó las lágrimas y lo cogió en brazos.

—No mi amor, mamá es fuerte y va a volver.

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