Nuria tardó diez minutos en reunir el valor suficiente para salir de su habitación.
Se había retocado el maquillaje frente al espejo, alisado el vestido azul noche una docena de veces, la imagen que el espejo le devolvía seguía pareciéndole ajena: una mujer voluptuosa, elegante, con una mirada que brillaba con una mezcla peligrosa de miedo y anticipación.
«Gael dice que eres un témpano de hielo».
La frase de León retumbaba en su mente, un desafío lanzado como un guante a sus pies.
Abrió la puerta del pasillo y siguió el rastro de luz tenue hasta el comedor, La Fortaleza, hacía honor a su nombre, era silenciosa, construida con piedra oscura y vigas de acero, un búnker de lujo colgado sobre el acantilado.
Al entrar en el comedor, se detuvo.
No era una mesa kilométrica de estilo victoriano como la de sus padres, diseñada para impresionar y alejar, era una mesa redonda de madera negra, íntima, iluminada por una lámpara de diseño que proyectaba una luz cálida sobre la superficie.
León ya estaba allí, se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, la camisa blanca estaba desabrochada en el cuello y remangada hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes, cubiertos de vello oscuro y marcados por venas que serpenteaban bajo la piel bronceada, sostenía una copa de vino tinto y miraba su Tablet con el ceño fruncido. Al escuchar sus pasos, levantó la vista, la Tablet fue olvidada al instante. Sus ojos grises la recorrieron despacio, desde los tacones hasta los ojos, deteniéndose descaradamente en el escote del vestido, no hizo ningún intento de ocultar su apreciación.
Llegas tarde —dijo él, pero su voz no tenía reproche, sino una ronquera suave.
Me perdí en el pasillo —mintió Nuria, acercándose.
Si te pierdes, solo tienes que gritar mi nombre, siempre te encontraré.
León se levantó y, como un caballero de la vieja escuela, le retiró la silla, cuando Nuria se sentó, él no se alejó de inmediato, se inclinó sobre ella, rozando su hombro con el pecho, aspirando su aroma, Nuria se estremeció, sintiendo el calor de su cuerpo atravesar la seda del vestido.
Hueles a mí —susurró él cerca de su oreja.
Usé tu jabón.
Lo sé, me gusta, es… territorial.
León volvió a su asiento frente a ella, el ama de llaves, Ágatha, entró en silencio y sirvió la cena.
Nuria miró el plato y sintió un nudo en el estómago, era un filet mignon en su punto, acompañado de puré de patatas trufado y espárragos a la mantequilla, olía a gloria, pero su cerebro, entrenado por tres años de críticas de Gael, activó la alarma.

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