León (o Alejandro, como ella aún lo llamaba en su mente) la subió al asiento trasero casi en vilo, como si fuera una muñeca de trapo rota. El coche arrancó suavemente, alejándose del callejón, de las sirenas de policía y de la miseria.
Nuria se encogió contra la puerta, abrazándose las rodillas, era consciente de la mancha de grasa en su vestido, del sudor, de la suciedad en sus pies descalzos que ahora manchaban las alfombrillas de lana virgen del vehículo.
Voy a ensuciar tu coche —murmuró, con la voz quebrada.
León, sentado a su lado con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba, ni siquiera miró la tapicería, sacó un pañuelo de tela blanca inmaculada de su bolsillo y se lo tendió.
Límpiate la cara —ordenó. Su tono no era amable, era imperativo, pero sus ojos… sus ojos grises la recorrían con una preocupación furiosa—. Tienes una mancha en la mejilla.
Nuria tomó el pañuelo, sus dedos rozaron los de él y sintió una descarga eléctrica, un recuerdo vívido de esas mismas manos sobre su cuerpo desnudo la noche anterior, se frotó la cara con fuerza, intentando borrar no solo la suciedad, sino la humillación.
Gracias —susurró—. No sé cómo me encontraste, pero… gracias, iban a arrestarme.
León la miró fijamente.
No soy tu salvador, Nuria y definitivamente no soy un ángel.
Para mí lo eres, me has sacado del infierno dos veces en veinticuatro horas.
Te he sacado del infierno para meterte en otro —dijo él, y su voz se volvió oscura, cargada de secretos—. Las casualidades no existen, anoche te acostaste con un desconocido por despecho, hoy, ese desconocido te rescata usando recursos que un ciudadano normal no tiene.
Nuria frunció el ceño, bajando el pañuelo, algo en la atmósfera del coche cambió, se volvió densa y peligrosa.
¿De qué hablas?
Hablo de que estás acorralada, Gael te bloqueó las cuentas, tu padre te cerró la puerta en la cara y hay una orden de arresto por el robo de un collar que yo mismo vi en tu cuello anoche.
Nuria se quedó helada.
¿Cómo sabes el nombre de mi marido? —preguntó, sintiendo que el corazón le latía en la garganta—. Anoche solo te dije que era un imbécil pero nunca te dije que se llamaba Gael.
León se giró completamente hacia ella, la luz de las farolas de Puerto Andraka entraba por los cristales tintados, iluminando la mitad de su rostro, dejándolo ver como un villano de cine.
Lo sé porque llevo años recibiendo informes sobre los gastos de su esposa, lo sé porque firmé el cheque para el regalo de bodas que nunca agradeciste y lo sé, Nuria, porque Gael Armand es hijo de mi hermano mayor.
El tiempo se detuvo dentro del coche.
Nuria abrió la boca, pero no salió ningún sonido, su cerebro intentaba procesar la información, pero las piezas no encajaban, Alejandro, el ático, el sexo salvaje, Gael, el tío.
No… —negó con la cabeza, sintiendo náuseas—. No puede ser, tú eres Alejandro.
Alejandro es mi segundo nombre, el primero es León. —Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio, obligándola a mirar la verdad a la cara—. Soy León Armand.
El horror la inundó como una ola de agua helada.
León Armand el CEO global, la leyenda negra de la familia, el hombre al que Gael temía y odiaba en secreto y ella se había acostado con él.
¡Eres su tío! —gritó Nuria, retrocediendo hasta golpearse contra la ventana—. ¡Dios mío, es incesto! ¡Es enfermizo!
El pánico la cegó, buscó la manija de la puerta desesperadamente, tenía que salir, esto era peor que la cárcel, había cometido el pecado definitivo.

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