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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 7

El ascensor privado que conectaba el garaje subterráneo con la planta ejecutiva de la Torre Armand Holdings subía en un silencio sepulcral, pero la cabeza de Nuria era un hervidero de ruido. Aún sentía el calor de la mano de León envolviendo la suya, no la había soltado desde el coche, su agarre era firme, posesivo, una cadena invisible que le recordaba el pacto que acababa de firmar con su sangre y su dignidad: venganza a cambio de sumisión.

Las puertas de acero pulido se abrieron con un ding suave.

Nuria instintivamente bajó la cabeza, intentando usar su cabello enmarañado como cortina para ocultar su rostro, se sentía grotesca, iba descalza, con los pies manchados de grasa del callejón, y su vestido de diseñador, parecía un trapo sucio. Estaba a punto de entrar en el corazón financiero de la ciudad, donde todos vestían trajes de mil dólares y la perfección era la norma.

León se detuvo antes de salir, soltó su mano solo para agarrarla de la barbilla y obligarla a levantar la vista.

No —ordenó con voz grave—. No bajes la cabeza.

Mírame, León —susurró ella, usando su nombre real por primera vez en voz alta. Se sintió extraño, prohibido—. Parezco una vagabunda, soy la esposa del heredero Armand, y parezco… esto.

Eres una Alcázar y una Armand —corrigió él, sus ojos grises recorriendo su rostro sucio con una intensidad que la hizo temblar—. Y estás conmigo, en este edificio, si yo digo que el cielo es verde, mis empleados pintan el techo y si entras conmigo, nadie se atreverá a ver tu vestido, solo verán mi mano en tu cintura.

León deslizó su brazo alrededor de ella, pegándola a su costado con fuerza, y caminó hacia el lobby de la planta 40.

Nuria contuvo la respiración.

La recepción era un espacio vasto de mármol blanco y cristal, había secretarias, ejecutivos junior y personal de seguridad, cuando León Armand apareció, el murmullo de conversaciones cesó de golpe, fue como si alguien hubiera cortado el cable de audio de la realidad. Nuria sintió docenas de ojos clavarse en ella, podía sentir el shock, la confusión, el juicio silencioso. ¿Quién es esa mujer sucia? ¿Por qué va descalza? ¿Por qué el Gran Jefe la abraza como si fuera a matar a quien la mire?

León no se detuvo, caminó con la arrogancia de un dios en su propio templo, ignorando las miradas atónitas.

Adrián —llamó, sin alzar la voz.

Adrián Keller estaba esperando frente a la puerta doble de la oficina del CEO, su rostro era una máscara de profesionalismo, pero Nuria notó cómo sus ojos se abrían ligeramente al ver el estado en el que ella se encontraba.

Señor —respondió Adrián, abriendo la puerta inmediatamente—. Señorita Alcázar.

¿Qué va a pasar ahora? —preguntó, devolviéndole el vaso vacío—. Gael me está buscando y la policía me está buscando.

La policía dejará de buscarte en cinco minutos, mis abogados ya están presentando las facturas de la joyería que demuestran que el collar fue un regalo documentado. La denuncia de Gael se caerá por su propio peso. —León se apoyó en el borde de su escritorio, cruzando los brazos sobre su pecho ancho—. En cuanto a Gael…

Antes de que pudiera terminar, el teléfono fijo de su escritorio emitió un zumbido agudo, luego el móvil personal de León, que había dejado sobre la mesa de cristal, comenzó a vibrar y a iluminarse. León miró la pantalla, una sonrisa fría, carente de cualquier humor, curvó sus labios.

Hablando del diablo.

Nuria se tensó, agarrando los reposabrazos del sillón.

¿Es él?

Sí. —León tomó el teléfono—. Es la quinta vez que llama en media hora, Adrián no le ha pasado las llamadas, así que está probando mi línea directa.

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