Es un coche muy chulo —dijo Alex, rompiendo el silencio opresivo, pasó la mano por la tapicería de cuero—. ¿Es una nave espacial?
León sonrió levemente al espejo, su primera sonrisa real en años.
Casi, campeón, tiene muchos botones.
Mi tío Matteo tiene un coche rojo rápido, pero este es más grande.
León apretó el volante al oír el nombre de Matteo otra vez.
Tu tío Matteo no va a venir hoy —dijo León, seco.
Mamá dice que mi papá también tenía coches —siguió Alex, parlanchín como siempre—. Pero él está en el cielo.
Nuria cerró los ojos, rezando para que la tierra se la tragara.
León clavó la mirada en los ojos de Nuria a través del espejo.
Ah ¿sí? —dijo León—. ¿Eso te ha contado tu mamá?
Sí. Dice que era muy listo y bueno. —Alex se inclinó hacia adelante, curioso—. Oiga, señor… ¿usted conocía a mi papá? Mamá dijo que usted es su jefe. ¿Conocía a mi papá también?
El silencio en el coche se hizo absoluto, Nuria contuvo la respiración. No se lo digas, le suplicó con la mirada a través del espejo. No se lo digas así, no lo rompas.
León vio el pánico en los ojos de ella, vio el miedo de una madre y a pesar de su furia, a pesar de su deseo de venganza, no pudo destruir la inocencia de ese niño en un segundo, él no era un monstruo, aunque ella creyera que sí.
León suspiró tragándose la verdad como si fuera vidrio molido.
Sí, Alex —dijo León, con voz suave—. Yo conocía a tu papá.
¿De verdad? —Los ojos de Alex se iluminaron—. ¿Erais amigos?
León miró al niño por el espejo, vio su propia infancia reflejada en él.
Rosa —dijo León—. Lleva al niño al jardín, que vea los pavos reales, dale helado, dale lo que quiera, pero no le quites el ojo de encima ni un segundo.
Sí, señor Armand.
¡Pavos reales! —gritó Alex, emocionado, soltándose de la mano de su madre—. ¿Puedo ir, mamá?
Nuria dudó, no quería separarse de él, pero miró a León y vio que la paciencia del Lobo se había agotado, necesitaban estar solos para que la tormenta estallara.
Ve, mi amor —dijo Nuria, con la voz quebrada—. Pórtate bien, mamá va a hablar con el señor un momento.
Alex corrió tras Rosa hacia el jardín trasero y León y Nuria se quedaron solos en la entrada de grava, el sonido de las risas de Alex se alejó. En cuanto el niño desapareció de la vista, la máscara amable de León se desintegró y agarró a Nuria por el brazo, sin delicadeza esta vez y la arrastró hacia el interior de la casa.
Adentro —gruñó—. Ahora vas a decirme la verdad o juro que quemo esta mansión con nosotros dentro.
León cerró la puerta principal con un portazo que retumbó como un trueno.

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