Parque Central de Andraka
El mundo se había reducido a tres personas, un hombre destrozado, una mujer aterrorizada y un niño que miraba alternativamente a uno y a otro confundido por la electricidad estática que flotaba en el aire.
Vámonos Alex —dijo Nuria, con la voz temblorosa, agarró la mano de su hijo con fuerza, tanta que el niño se quejó.
Mamá, me haces daño…
He dicho que nos vamos. —Nuria tiró de él, dando media vuelta, intentando huir de la verdad que acababa de estallarles en la cara.
León reaccionó por instinto, no iba a dejar que se llevaran a su hijo otra vez, dio dos zancadas largas y se interpuso en su camino, bloqueando el sendero.
Ni un paso más —dijo León. Su voz era baja, controlada, pero vibraba con una amenaza letal.
Apártate, León —siseó Nuria, bajando la voz para que Alex no entendiera la gravedad—. No montes una escena aquí hay gente mirando.
¿Crees que me importa la gente? —León se quitó las gafas de sol por completo, dejando que Nuria viera la tormenta en sus ojos—. Me importa el niño al que has estado escondiendo durante cinco años, me importa mi hijo.
No es tu hijo —mintió Nuria, desesperada—. Es de Matteo ya te lo dije.
León soltó una risa corta y sin humor, se agachó de nuevo quedando a la altura de Alex, el niño lo miró con curiosidad, sin miedo, reconociendo inconscientemente algo familiar en ese extraño. León señaló sus propios ojos y luego señaló los de Alex.
Míralo, ten la decencia de no insultar mi inteligencia, es mi viva imagen, tiene mis ojos, tiene mi barbilla, tiene hasta la forma de fruncir el ceño. —León miró al niño con una mezcla devastadora de maravilla y dolor—. Hola, Alex.
Hola —dijo el niño tímidamente—. ¿Usted conoce a mi mamá?
León levantó la vista hacia Nuria, su mirada se endureció.
Sí, la conozco muy bien y ella y yo tenemos que hablar ahora mismo.
Nuria tragó saliva, se tragó el orgullo y el miedo.
Es… es un jefe del trabajo, cariño, quiere que vayamos a ver una cosa importante.
¿Ahora? —se quejó Alex—. Pero estábamos jugando.
Sí, ahora —dijo León, abriendo la mano para invitarles a pasar—. Vamos al coche, es ese negro de ahí.
El interior del Maybach de León era un búnker de lujo insonorizado, el olor a cuero caro llenaba el espacio. León se sentó al volante y Nuria se sentó atrás con Alex, abrazándolo contra su pecho como si el cinturón de seguridad no fuera suficiente protección.
El coche arrancó suavemente.
León ajustó el espejo retrovisor, no miraba la carretera; miraba los ojos grises que se reflejaban en el asiento trasero. Su hijo, su carne y su sangre estaba allí, a medio metro de distancia, sentía una necesidad física de girarse, de tocarlo, de preguntarle qué le gustaba comer, cuál era su color favorito, si sabía nadar, pero la presencia de Nuria y la mentira que los separaba eran un muro de hormigón.

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