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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 77

La noche de la Gala de la Fundación Armand era el evento más exclusivo del año en el calendario social del país, la prensa se agolpaba tras los cordones de terciopelo rojo, los flashes estallaban como tormentas eléctricas y los coches de lujo hacían cola para dejar a lo más selecto de la élite financiera y política.

En la entrada León Armand bajó de su limusina, llevaba un esmoquin negro hecho a medida que realzaba su figura imponente, su rostro era una máscara de serenidad absoluta, la misma cara de póquer que usaba antes de cerrar un trato millonario o en este caso, de ejecutar una sentencia de muerte.

A su lado Katya Volkov sonreía a las cámaras aferrada a su brazo como una enredadera venenosa, llevaba un vestido plateado lleno de diamantes, ostentoso y brillante.

Sonríe más —susurró ella entre dientes sin dejar de saludar—. Pareces un enterrador.

Quizás lo soy —murmuró León, aunque ella no lo oyó por el ruido de los fotógrafos.

Entraron en el vestíbulo, Dimitri Vólkov ya estaba allí rodeado de aduladores, el viejo mafioso lucía triunfante como un emperador romano en la cúspide de su poder.

Hijos míos —dijo Vólkov, abriendo los brazos—. Qué noche, el ministro acaba de llegar y me ha asegurado que los permisos para el nuevo complejo turístico se aprobarán el lunes.

Eso es excelente —dijo León, estrechándole la mano, sintió una repulsión física al tocar esa piel sabiendo que esas manos habían ordenado la muerte de Nuria—. Disfruta de la noche, te lo mereces.

Y tú también, has sido un buen socio. —Vólkov le dio una palmada en el hombro—. Quizás el mejor que he tenido.

«Y el último», pensó León.

En ese momento un murmullo recorrió la entrada del salón, el sonido de las conversaciones bajó de volumen y las cabezas empezaron a girarse hacia la puerta principal.

Un Rolls Royce negro se había detenido, el chófer abrió la puerta trasera y una pierna estilizada calzada en un tacón de aguja vertiginoso tocó la alfombra roja y Valeria salió.

Llevaba un vestido de seda azul cobalto —el color favorito de León— que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y tenía una abertura lateral que llegaba casi hasta la cadera, su cabello negro estaba peinado hacia atrás con un efecto mojado, moderno y agresivo, llevaba unos pendientes de zafiros largos que rozaban su cuello desnudo.

No llevaba gafas, su maquillaje era ahumado, felino, transformando sus ojos dulces en los de una depredadora.

Caminó por la alfombra roja sola, sin escolta, sin hombre del brazo, caminaba con la seguridad de quien posee el edificio, no de quien lo visita.

He oído mucho sobre usted, Dimitri Vólkov, un placer conocer a la mujer que ha convencido a mi yerno de compartir su preciado Puerto.

Nuria miró la mano extendida de Vólkov. Era la mano del hombre que había aterrorizado a su madre. Nuria sonrió y le estrechó la mano, su piel no estaba fría por el miedo sino por el hielo de su determinación.

El placer es mío señor Vólkov, he estudiado su trayectoria con mucho interés, es usted… una leyenda en ciertos círculos.

Espero que sean círculos buenos —rió Vólkov, encantado por la adulación, sin captar la ironía.

Oh, son círculos muy específicos —respondió ella.

¿Y dónde está su encantador socio italiano? —intervino Katya, mirando a Nuria de arriba abajo, buscando algún defecto en el vestido y frustrada al no encontrar ninguno.

Matteo tenía un compromiso ineludible —dijo Nuria—. Pero me ha pedido que les envíe sus saludos, especialmente a usted, León.

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