La lluvia golpeaba con furia las ventanas de la pequeña casa que era el escondite perfecto para alguien que no quería ser encontrado.
Nuria estaba sentada en el suelo del salón, viendo cómo Alex jugaba con unos coches de juguete que había sacado de un armario viejo, el niño estaba extrañamente callado, lanzando miradas furtivas hacia la puerta, esperando que su padre entrara en cualquier momento.
El sonido de un coche acercándose por el camino de tierra hizo que Nuria se pusiera de pie de un salto, con el corazón en la garganta. Se acercó a la ventana, apartando la cortina apenas un milímetro. No era la policía, era un taxi.
Nuria corrió a abrir la puerta, bajo la lluvia una mujer bajó del taxi corriendo, arrastrando una maleta.
¡Mamá!
Estefany Alcázar cruzó el umbral, empapada, y madre e hija se fundieron en un abrazo desesperado, Nuria se aferró a ella sintiendo por primera vez en horas que no se estaba ahogando sola.
Ya estoy aquí, mi niña. Ya estoy aquí —susurró Estefany, acariciándole el pelo mojado—. Te vi en las noticias, dicen barbaridades.
Es Vólkov mamá, ha comprado a todo el mundo. —Nuria se separó y la miró a los ojos—. Tienen a León incomunicado y quieren llevarse a Alex.
¡Abuela! —El grito de Alex interrumpió el momento. El niño corrió hacia Estefany y se abrazó a sus piernas.
Estefany se agachó, con lágrimas en los ojos, abrazando a su nieto, al niño que había visto crecer en el exilio y que ahora era el centro de una guerra.
Hola, mi príncipe. La abuela ha venido a jugar contigo, vamos a hacer un fuerte con cojines, ¿te parece?
Sí, pero quiero que venga papá —dijo Alex con un puchero.
Papá vendrá pronto —prometió Estefany, mirando a Nuria con seriedad—. Tu mamá va a traerlo.
En ese momento, las luces de otro vehículo, esta vez una camioneta negra blindada, iluminaron el salón a través de la ventana.
Nuria se tensó.
León no se quebrará —dijo Nuria con firmeza.
Todos se quiebran después de tres días en el agujero, señora. —Vane la miró sin piedad—. Vólkov quiere que León firme una confesión para salvarse él mismo. Si León firma, Vólkov sale libre y su marido pasa veinte años en prisión.
Nuria sintió un escalofrío.
Por eso lo necesito a usted. Adrián dice que usted es un tiburón y que no le tiene miedo a Vólkov.
No le tengo miedo a nadie que sangre —dijo Vane con indiferencia—. Pero no trabajo por caridad y dado que las cuentas de su marido están congeladas…
¿Cuánto? —preguntó Nuria.
Dos millones de dólares por adelantado y otro millón cuando logre la absolución.

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