Estoy fuera y tengo a Alex. —Nuria tomó una curva cerrada, alejándose del centro—. Adrián, se han llevado a León.
Lo sé. Lo han trasladado a la Central. Es una encerrona, señora. El Fiscal ha bloqueado a nuestros abogados alegando conflicto de intereses. León está solo ahí dentro.
Necesito un lugar seguro, Adrián. No puedo ir al aeropuerto, estarán vigilando. No puedo volver a mi casa.
Vaya a mi casa de la playa, en la costa norte. Está a nombre de mi cuñado, nadie la vinculará con León. Le enviaré las coordenadas ahora mismo. La llave está bajo la maceta de hortensias.
Gracias, Adrián.
Señora… —Adrián dudó un segundo—. Tenga cuidado, no es solo la policía, los hombres de Vólkov que quedan libres… están cazando.
Nuria colgó y miró la carretera. Su cara se endureció. La "Valeria" ejecutiva había desaparecido. La Nuria asustada también. Lo que quedaba era una madre acorralada.
Marcó otro número. Zúrich.
¿Sí? —La voz de Estefany sonó preocupada.
Mamá —dijo Nuria, y al oír la voz de su madre, se le quebró la voz—. Mamá, han detenido a León. Quieren quitarme a Alex.
¡Dios mío! —Estefany gritó al otro lado de la línea—. ¡Lo estoy viendo en la CNN! ¡Dicen que eres una criminal internacional!
Es todo mentira, mamá. Es una trampa de Vólkov. —Nuria se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Necesito que vengas. No puedo hacer esto sola. Necesito que cuides a Alex mientras yo busco la forma de sacar a León. Si voy a la cárcel, no puedo dejarlo con extraños.
Estoy saliendo para el aeropuerto ahora mismo —dijo Estefany con firmeza—. Mándame la dirección y Nuria… no dejes que te atrapen.
Mientras tanto en la comisaria, León fue empujado sin miramientos al interior de una celda de aislamiento,
La impotencia era un ácido que le corroía las venas, no le importaba el dinero, no le importaba la empresa. Solo veía la cara de terror de Alex cuando los policías llegaron, solo veía a Nuria corriendo hacia el baño.
¿Los habrían atrapado? ¿Estaría Alex en un centro de menores ahora mismo, llorando y preguntando por su papá?
León apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en la carne.
Voy a matarlos —susurró a la oscuridad—. Si le tocan un pelo a mi familia… juro que cuando salga de aquí, no quedará piedra sobre piedra.
Pero por ahora, estaba en una caja de hormigón, y el reloj de las 72 horas acababa de empezar a correr, tres días de infierno.
En la carretera Norte la lluvia había empezado a caer, golpeando el parabrisas del coche de Nuria. Alex se había quedado dormido en el asiento de atrás, agotado por el trauma.
Nuria conducía mecánicamente, su mente era un torbellino de estrategias legales y miedos primarios. Necesitaba un abogado, pero no cualquier abogado. Adrián tenía razón: los bufetes corporativos eran inútiles ahora, atados de manos por la Fiscalía, necesitaba a un mercenario a alguien que conociera el sistema corrupto y supiera jugar sucio.

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