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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 98

El calor bajo la carpa blanca empezaba a ser agobiante, León se pasó un dedo por el cuello de la camisa, que le apretaba más de la cuenta, no estaba nervioso por casarse; estaba nervioso porque cada vez que miraba hacia los árboles del perímetro, veía el brillo de una mira telescópica de los hombres de Konstantin.

Bruno Vane, que hacía las veces de padrino porque no había nadie más, consultó su reloj. —Van tres minutos tarde.

—Es la novia —dijo León, sin apartar la vista de la puerta de la casa—. Tiene derecho.

—O es tu suegro dándole las últimas instrucciones al equipo de seguridad.

León no contestó, miró a los pocos invitados, estaban los médicos, dos enfermeras, el servicio de la casa y Adrián, su jefe de seguridad, que no paraba de tocarse el auricular en su oído, parecía más un velorio tenso que una boda.

La música empezó a sonar, era un cuarteto de cuerda que Konstantin había traído de quién sabe dónde, tocaban algo clásico, bonito, pero que sonaba triste en aquel jardín silencioso.

La puerta de la casa se abrió.

Alex salió primero iba muy serio con un trajecito gris, llevando un cojín de terciopelo con los anillos, caminaba despacio, concentrado en no tropezar, con la lengua un poco fuera. León le sonrió y le guiñó un ojo, el niño le devolvió una sonrisa rápida antes de colocarse junto a Bruno.

Luego salieron ellos.

Konstantin llevaba un esmoquin negro impecable y se apoyaba en su bastón con elegancia. A su lado Nuria, León sintió que se le olvidaba respirar, el vestido marfil era sencillo, pero en ella parecía irreal, no llevaba velo, llevaba el collar de zafiros de su abuela y el pelo suelto, moviéndose con la brisa. Estaba pálida, sí, pero caminaba con la cabeza alta.

Konstantin la llevó hasta el altar improvisado, caminaba despacio, cojeando, pero con una dignidad feroz. Al llegar frente a León, el viejo mafioso no hizo el típico gesto de entregar la mano de la novia simplemente miró a León a los ojos.

—Cuídala —dijo, y no sonó a amenaza, sonó a súplica.

—Con mi vida —respondió León.

Konstantin asintió, le dio un beso rápido en la mejilla a su hija y se retiró a un lado, quedándose de pie, escaneando el jardín en lugar de mirar la ceremonia.

El cura, un hombre mayor con barba blanca, empezó a hablar, León no escuchaba las palabras solo podía mirar a Nuria, le cogió las manos y se dio cuenta que las tenia heladas.

—¿Estás bien? —susurró él.

—Quiero que acabe —susurró ella de vuelta, apretándole los dedos—. Tengo un mal presentimiento.

—Ya casi termina, aguanta.

La ceremonia fue rápida, Konstantin había dado instrucciones de que no quería nada de sermones largos. Llegó el momento de los votos.

León cogió el anillo, el diamante rosa que brillaba bajo la luz filtrada de la carpa.

—Nuria —dijo, y su voz resonó clara en el silencio—. No te prometo una vida tranquila, porque sé quiénes somos, no te prometo que no habrá días malos, pero te prometo que, pase lo que pase, nunca tendrás que enfrentarlos sola, te prometo que seré tu escudo y tu casa.

Le puso el anillo y a Nuria le temblaba la mano, ella cogió la alianza de oro simple para él.

—León —dijo ella, con la voz un poco rota—. Te elijo a ti con todo lo que traes y con todo lo que somos, te prometo que siempre tendrás un lugar al que volver, no solo te quiero, te amo con mi vida.

—¡No se muevan! —ordenó Konstantin, que había sacado una pistola plateada de debajo de su chaqueta. No parecía asustado, parecía que lo había anticipado y estaba listo—. ¡Están aquí!

—¡Papá! —lloraba Alex.

León agarró a Nuria y la levantó, manteniéndola agachada.

—¡Vamos a por el niño! —le gritó al oído para hacerse oír sobre el caos.

Corrieron hacia Bruno y Alex, pero antes de que pudieran llegar, una segunda explosión, más pequeña pero más cerca, reventó una de las camionetas del catering aparcadas en la entrada lateral.

Fuego, gritos, humo, la boda perfecta se había convertido en un infierno en menos de diez segundos y entre la columna de humo negro que salía de la cocina, una figura apareció caminando con calma, no llevaban máscaras, era un solo hombre, con una garrafa de gasolina en una mano y un mechero en la otra, sucio, con la ropa rota, pero sonriendo.

Nuria se quedó helada al verlo.

—¿Rafael? —susurró.

El hombre sonrió, enseñando los dientes.

—Vivan los novios —gritó Rafael.

Y tiró el mechero.

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