El fuego prendió rápido, la gasolina que Rafael había tirado sobre el césped seco y la mesa de los aperitivos creó un muro de llamas naranja que separaba a los novios de la salida principal.
El humo negro y espeso empezó a llenar la carpa blanca, picando en la garganta y los ojos.
—¡A la casa! —gritó León, agarrando a Nuria del brazo y tirando de ella hacia atrás—. ¡Bruno, saca al niño!
Bruno Vane ya tenía a Alex en brazos, corriendo agachado hacia la puerta lateral del servicio, cubriéndole la cabeza con su chaqueta para que no respirara el humo.
—¡Mamá! —chillaba Alex, tosiendo.
—¡Corre Bruno! —le gritó Nuria, tropezando con el bajo de su vestido.
Rafael no corrió, se quedó ahí en medio del jardín, riéndose mientras las llamas le iluminaban la cara sucia y desencajada, no le importaba quemarse; solo le importaba verlos arder, pero Rafael no había venido solo a provocar un incendio, metió la mano en la chaqueta de su traje viejo.
—¡Nuria! —gritó Rafael. Su voz sonaba rota, llena de odio—. ¡Mírame, hija de puta! ¡Mírame cuando te hablo!
Nuria se giró por instinto, Rafael levantó una pistola, era un arma pequeña, oxidada, probablemente comprada en el mercado negro por lo poco que le quedaba de dinero, pero a esa distancia, era letal.
—¡Me lo quitaste todo! —aulló Rafael, apuntándole al pecho—. ¡Mi dinero, mi casa, mi vida! ¡Ahora yo te quito la tuya!
León estaba a dos metros, demasiado lejos para taclearlo.
—¡No! —gritó León, lanzándose hacia delante, pero sus pies resbalaron en la alfombra suelta.
Rafael apretó el gatillo.
El disparo sonó seco, como un corcho de champán, pero sin la alegría. Nuria cerró los ojos, esperando el impacto, se llevó las manos al vientre, protegiendo lo único que importaba, pero el impacto no llegó, en su lugar escuchó un gemido grave y sintió un peso golpearla de lado, empujándola al suelo.
Abrió los ojos y Konstantin estaba delante de ella, el viejo mafioso no había corrido hacia la salida, había corrido hacia ella y se había interpuesto en la trayectoria justo cuando Rafael disparó. Konstantin se tambaleó, soltó el bastón que cayó al césped y se llevó la mano al pecho, sobre la camisa blanca del esmoquin, la tela empezó a teñirse de rojo oscuro, un rojo que se extendía rápido, demasiado rápido.
—Papá… —susurró Nuria desde el suelo.
Konstantin la miró, tenía los ojos muy abiertos, sorprendido, como si no se esperara que doliera tanto, sus rodillas cedieron y cayó de espaldas, pesadamente.
Rafael aturdido por lo que acababa de pasar, intentó apuntar de nuevo, le temblaba la mano.
—¡Muérete! —gritó, intentando disparar otra vez.
—La protegiste… —dijo León, con la voz rota—. Lo hiciste.
Konstantin esbozó una media sonrisa, manchando sus dientes de rojo.
—Te dije… que me encargaría.
El doctor Hoffman apartó las manos de Nuria y rasgó la camisa de Konstantin.
—Tiene perforado el pulmón derecho, la bala está cerca de la arteria. ¡Camilla! ¡Rápido!
—¡No podemos sacarlo! —gritó Adrián—. ¡La ambulancia tardará veinte minutos en llegar con este tráfico!
—¡A la casa! —ordenó León, poniéndose de pie—. ¡llévenlo a la habitación de invitados! ¡Tienen el equipo allí!
Entre cuatro hombres levantaron a Konstantin, el viejo mafioso soltó un grito de dolor ahogado que a Nuria se le clavó en el alma. Corrieron hacia la casa, cruzando el humo y el caos de la boda que nunca terminó, Nuria iba detrás, agarrada a la mano inerte de su padre, dejando un rastro de gotas rojas sobre las flores blancas que él mismo había elegido para protegerla.
El fuego se quedó atrás, consumiendo la carpa, pero el verdadero incendio estaba dentro de la casa, donde la vida del hombre que había sido un monstruo y un salvador se apagaba minuto a minuto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA