CAPÍTULO 18. Las cuentas claras
Era una pregunta peligrosa… sobre todo porque Henry sabía que la respuesta no le iba a gustar. Se quedó mirándola en silencio, como hipnotizado. Rebecca estaba envuelta en aquella sábana blanca, sujeta con suavidad sobre sus pechos… mientras marcaba cada curva de su cuerpo.
Y lo peor era que ella estaba tranquila, rosagante… como si nada la afectara. La vio levantar el teléfono del cuarto y pedir al servicio de habitaciones. Su voz era segura, despreocupada, incluso melodiosa, como si aquella mañana fuese el inicio del resto de su vida.
—¡Dios, me muero por un café y un ibuprofeno…! Mejor dos. ¿Quieres un café tú también? —preguntó de pronto, mirándolo de reojo.
Henry abrió la boca, pero ningún sonido salió. ¿Café? ¿En serio? Después de la escena de la puerta, después de verla salir medio desnuda, después de esas risas y los hombres y las flores, ¿ella tenía el descaro de ofrecerle café?
Rebecca sonrió apenas, como si hubiera leído lo que estaba pasando por su cabeza, pidió también para él.
—Déjame ponerme decente antes de que te dé un infarto. Ponte cómodo, no me tardo más que el café —murmuró con indiferencia y Henry juraba que jamás la había visto tan relajada en su vida.
Rebecca desapareció dentro del baño. Un segundo después, Henry escuchó el sonido de la ducha y otro sonido, el de una canción movida y contagiosa que salía de sus labios.
Una especie de terror extraño lo invadió. Miró alrededor y el corazón se le convirtió en una piedra atorada en la garganta. La suite estaba hecha un desastre: sábanas tiradas por el suelo, almohadas desparramadas como si hubieran librado ahí una batalla, la alfombra arrugada, botellas de agua y de champaña medio vacías sobre la mesa... La imagen que le vino a la mente lo hizo hiperventilar.
Podía imaginar a Rebecca con esos hombres, riendo, rodando en la cama, jadeando… y la idea lo golpeó como una daga en el estómago.
Se llevó la mano a la corbata, aflojándola minentras intentaba calmarse, pero sentía que el aire no le alcanzaba… ¿por qué todavía tenía puesta la corbata…?
Los segundos se hicieron agónicos hasta que por fin la puerta del baño se abrió; y Rebecca salió envuelta en un albornoz blanco, con el cabello recién lavado cayéndole húmedo hasta la mitad de la espalda. El vapor todavía escapaba del cuarto detrás de ella, y el olor a champú llenó el ambiente. Caminaba con calma, secándose las manos en la toalla, como si no hubiera un hombre al borde de un ataque de nervios frente a ella.
Finalmente lo miró con una media sonrisa y negó con el sarcasmo de los viejos recuerdos.
—Dos años, Henry —dijo con tono casual, casi burlón—. Te pasaste dos años chillando por tu libertad. Cualquiera pensaría que anoche hubieras hecho una luna de miel televisada con Julie Ann. Y, sin embargo… mírate.
—No tengo nada de raro —gruñó él entre dientes.
—No, lo que tienes es puesta todavía la ropa de ayer —replicó ella dándole un vistazo displicente.
Henry parpadeó, confundido, y bajó la vista hacia sí mismo. Su chaqueta estaba arrugada, la camisa manchada de whisky, el pantalón con pliegues que parecían permanentes y la misma corbata torcida del día anterior.
Ella levantó las cejas, satisfecha por la cara que él estaba poniendo, pero antes de que pudiera decir algo, los del servicio de habitaciones tocaron a la puerta. Dejaron la mesita en medio del salón y Rebecca sirvió dos tazas de café como si fuera lo más natural del mundo. Le extendió una a Henry con toda tranquilidad, como si fueran amigos desayunando y él la aceptó porque ni siquiera podía articular algo coherente en ese momento.
—Muy bien, ahora dime, querido ex. ¿Qué te hizo pasar tu primera noche de divorciado esperando por mí?
Henry pasó saliva y dejó el café a un lado.
—Necesito hablar contigo —dijo al fin, con la voz ronca—. Es sobre la denuncia contra Julie Ann.
Pero Rebecca bufó con fastidio.
—Cariño, yo no tengo tiempo para que tú sigas siendo alguien en mi vida. La demanda no es por ti, habría demandado a cualquiera que usurpara mi identidad —le advirtió—. Y si tu amante está embarazada eso no tiene nada que ver conmigo, lo está porque no pudo cerrar las patas, tal como no puede cerrar el hocico. ¿Yo por qué debería tenerle lástima?
Henry retrocedió como si esas palabras hibieran sido puñetazos. Algo lo hacía temblar, de impotencia, de rabia, de cosas que no quería reconocer.
—Por lo menos —murmuró con voz áspera—, Julie Ann solo se acostaba conmigo.
Y su exabrupto emocional fue cortado por una carcajada de Rebecca, corta, incrédula, divertida.
—¿Y ese es el problema? —preguntó con suavidad acercándose a él, tan cerca que Henry pudo sentir el aroma fresco de su cabello húmedo—. Al menos yo te respeté como esposo, como hombre. Algo que tú nunca supiste hacer conmigo ¿verdad?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire y Rebecca dio un paso más, pegando su cuerpo al de Henry hasta que él se tensó, incapaz de retroceder.
—Henry, Henry… —canturreó, casi rozándole los labios con las palabras—: para un hombre que me despreció por dos años, los celos no te pegan para nada, así que ahórratelos.
Lo vio apretar los dientes, y esbozó una sonrisa peligrosa, esa que mezclaba burla con sensualidad.
—Para que te quede claro, yo me acuesto con quien quiera, cuando quiera y como quiera —dijo con voz seductora—. Porque para eso soy una mujer libre que no le debe explicaciones a nadie. —Lo empujó suavemente con un dedo en el pecho, como marcando el punto final de su discurso—. A diferencia de tu amante, que sí tendrá que dar muuuuchas explicaciones… a la justicia.

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