EL PRIMER BESO… DESPUÉS DEL DIVORCIO. CAPÍTULO 18. Una batalla interna
El golpe llegó tan rápido que Henry apenas lo vio venir. La mano de Julie Ann chocó contra su mejilla con un sonido seco, reverberando en el pasillo como una bofetada al silencio. La rabia en sus ojos era tan feroz como el dolor en la palma de su mano; y las chicas del servicio se desaparecieron como por arte de magia, dejándolos solos mientras Henry hacía una mueca de fastidio.
—¡Eres un desgraciado! —gritó Julie Ann, pero su voz se quebró de pronto. Llevó una mano a su vientre y se puso roja—. ¿Cómo puedes ser así, Henry…? ¿Cómo puedes ser tan cruel….? Yo… Henry… me siento mal.
Él la miró con desconfianza, sin moverse porque estaba seguro de que aquella solo era otra de sus escenas.
—¿Qué pasa ahora? ¿También vas a perder al bebé y culparme a mí? —le escupió.
Julie Ann gimió, doblándose ligeramente; pero Henry solo suspiró, cansado, y se giró hacia el interior de la casa con un llamado seco.
—¡Luz! Llamen una ambulancia —ordenó con voz firme—. Será mejor que se la lleven de una vez.
¿Qué pasó después de eso? No lo supo, solo que cuando estuvo listo para irse a trabajar a la oficina, ya Julie Ann no estaba en ningún lugar cerca de la casa.
El trabajo lograba distraerlo un poco, pero al final sabía que no podía seguir evitando el desastre y dos días después, apareció en la empresa de Rebecca. No había planeado demasiado esa visita; simplemente se levantó, condujo hasta allí y, antes de darse cuenta, estaba parado en la puerta de su oficina.
La asistente no hizo ni un gesto para detenerlo y desde el umbral, él se quedó embobado mirándola. Rebecca estaba de pie junto a la ventana, revisando unos documentos, con la luz del sol perfilándole el rostro. Se veía segura, elegante, con esa mezcla de firmeza y dulzura que siempre la había caracterizado.
“¿Cómo demonios pude ser tan animal para perder a esa mujer?” pensó con un nudo en la garganta.
Entonces Rebecca alzó la vista y lo vio; y sus labios se curvaron apenas en un gesto de sorpresa, aunque enseguida recuperó la compostura.
—Henry —dijo, como si ya lo hubiera estado esperando—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a informarte… —dijo mostrando la carpeta que llevaba en la mano—. Ya se les están poniendo las Placas Madre a las computadoras. Estarán listas en pocos días así que me preguntaba qué quieres hacer con ellas. ¿Empiezo a buscar un comprador?
Rebecca lo observó con calma. Durante unos segundos no contestó, pero finalmente dejó los papeles sobre el escritorio y cruzó los brazos con naturalidad, como si la respuesta estuviera clara desde hacía rato.
—No. Esas computadoras serán destinadas a los chicos de las Becas Callaway.
Henry arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Vas a donar… veinte millones de dólares? —preguntó y Rebecca inclinó la cabeza, como si la pregunta le pareciera ridícula.
—Mi fortuna volvió a ascender a setenta mil millones, cariño —contestó con naturalidad, bajando el tono de su voz como quien dice algo obvio—. ¿Por qué no donaría veinte?
Él se quedó callado, sin saber qué responder. Durante mucho tiempo había olvidado lo poderosa que era Rebecca Callaway antes de llegar a él. Y sobre todo estaba descubriendo una faceta de hielo que no conocía.
—Gracias por venir —añadió ella con un tono más suave, extendiendo la mano hacia él—. Dame los documentos.
Henry se los entregó y sus dedos rozaron los de Rebecca apenas un segundo, y esa chispa mínima le bastó para que algo le aleteara en el estómago. Rebecca firmó sin titubear, y luego levantó la mirada otra vez, directa, segura.
—Es muy tarde para eso —respondió con frialdad, aunque por dentro la batalla era otra—. Te agradezco que hayas venido —sentenció levantándose y caminando hacia la puerta con la clarísima intención de echarlo, pero a Henry se le soltaron todos los tornillos que le quedaban y en un impulso la abrazó por la espalda, aferrándose a ella como si no quisiera dejarla ir nunca más. Su rostro se hundió contra el aroma de su cabello y Rebecca se quedó más paralizada que sorprendida.
—No quiero perderte, Becca —susurró Henry con voz rota—. No quiero dejarte ir…
¡Y eso llevaba dos buenas bofetadas y una réplica! Pero antes de que pudiera soltarse de un empujón el teléfono de Henry comenzó a sonar con insistencia. El timbre rompió la tensión como un jarro de agua fría, pero él ignoró la llamada, presionándola contra su pecho, deseando que el mundo se detuviera.
Sin embargo solo un segundo después, el celular de Rebecca empezó a sonar también. Ella se separó con un gesto neutro para mirar la pantalla, y luego lo miró con un gesto confundido.
—Es Camilo —dijo, frunciendo el ceño. Enseguida contestó y puso el altavoz—. ¿Camilo?
Del otro lado se escuchó su voz apresurada, cargada de urgencia.
“¡Por Dios, dime que Henry está contigo!”
Rebecca miró al hombre frente a ella y luego respondió:
—Sí, está aquí.
“Dile que su madre está en el hospital… y que está muy grave”

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