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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 400

—Presidente Cárdenas, ¿qué hacemos ahora con Isidora Rojas?

Jaime Calleja colgó el teléfono después de cumplir las órdenes previas, e hizo una breve reverencia ante Santiago Cárdenas, mostrándole un respeto que rozaba la devoción.

Al recordar lo ocurrido momentos antes, Santiago entrecerró los ojos. De sus pupilas, agudas y profundas, surgía una luz cortante que ponía la piel de gallina.

Al principio, él tampoco entendió por qué Isidora lo había invitado de repente a esa supuesta reunión, y mucho menos se esperó ese tipo de movidas por su parte. La escena absurda de hace un rato seguía rondando su cabeza.

Sólo pensar en Isidora imitando a Sofía Rojas le revolvía el estómago. Aunque eran hermanas por parte de padre, sí compartían algunos rasgos, sobre todo en los ojos. Pero mientras la mirada de Sofía tenía una frialdad distante, la de Isidora siempre parecía cargada de ansiedad y codicia.

La verdad, Santiago estaba algo tomado, pero no lo suficiente como para perder la noción. En el hotel, aunque todo parecía borroso, al ver aquellos ojos—quizá por un deseo enterrado en el fondo de su pecho—por un instante confundió las figuras de ambas mujeres.

Sin embargo, bien sabía que la persona delante de él no era Sofía. Así que lo que vino después fue solo una actuación a medias, una farsa en la que él mismo se dejó arrastrar.

—Haz público el video.

Santiago levantó la vista, fijándose en un pequeño agujero en el techo por donde apenas se colaba una luz débil.

Sus pensamientos eran un torbellino; cerró el puño, apretando fuerte.

Sofía, ¿por qué te niegas a creerme? He cambiado, en serio. Ahora haría cualquier cosa por protegerte a ti y a Bea. Lo que sea necesario.

Jaime, sin embargo, dudó un instante.

—Presidente Cárdenas, esto... también aparece usted en la grabación...

—Publícalo.

La voz de Santiago sonó grave y contundente, las palabras cayeron como piedras, dejando claro que no aceptaría réplica.

Jaime se quedó petrificado, pero solo pudo asentir.

—Entendido.

Santiago masajeó sus sienes, agotado.

—Puedes irte. Pide que dejen la ropa fuera y toquen la puerta.

Su tono había perdido toda firmeza, desvaneciéndose como niebla que se escapa entre los dedos.

Percibiendo el ánimo decaído de Santiago, Jaime ya no titubeó. Cumplió la orden y salió, cerrando la puerta con sumo cuidado.

...

Ahora solo, Santiago se dejó caer sobre el tapete. Se desplomó como si el mundo le hubiera quitado el piso, todo el porte y la fuerza de antes se desvanecieron en un instante.

Pasó un largo rato hasta que un rastro de humo se elevó cerca de la ventana. Sus facciones, normalmente tan marcadas, quedaban ocultas en la penumbra. Solo la soledad seguía aferrada a él, como una sombra que no se quería ir.

...

Mientras tanto, Alfonso Castillo y Sofía apenas habían salido del edificio cuando un grupo de personas los detuvo. Afuera seguía reunida una multitud curiosa que no se dispersaba.

Sofía lo entendió al instante: la detención de Isidora había provocado revuelo. Sorprendentemente, Jaime no se molestó en proteger la imagen de Isidora, lo cual la dejó intrigada.

Sin embargo, Sofía apenas levantó una ceja y luego bajó la mirada a su muñeca, aún apresada por una mano ajena.

Leonor Medina, pálida como el papel, la observaba fijamente.

—Ve ahora mismo a la policía y saca a Isi bajo fianza. Además, haz un comunicado diciendo que por tu culpa arrestaron a Isi.

—De lo contrario, olvídate de que tu nueva empresa pueda seguir operando en Olivetto.

El tono de Oliver era tan oscuro que la amenaza se sentía como una sombra asfixiante.

Sofía soltó una carcajada breve, como si acabara de oír el chiste más absurdo de su vida.

El rostro de Oliver se tensó, listo para lanzarle un grito a Sofía, pero de repente sintió un escalofrío en el cuello.

Una mano, cubierta por un pañuelo de seda, apareció de la nada y le presionó el cuello con fuerza.

—¿A quién crees que estás amenazando?

La voz masculina era tan cortante como el filo de un cuchillo, y aunque tenía un toque burlón, su gravedad helaba la sangre.

Oliver se quedó rígido y solo entonces giró la cabeza.

Detrás de él, Alfonso lo miraba de arriba abajo con una sonrisa torcida. Medía casi un metro noventa, e inclinándose apenas, imponía respeto con su sola presencia.

Oliver tragó saliva, en silencio.

¿Alfonso seguía allí? Juraba que Sofía había salido sola, fue por eso que se animaron a encararla.

—Creo que te refieres a mí.

Sofía sonrió y, aprovechando la distracción de Leonor, le torció uno de los dedos, liberándose de su agarre.

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