Sofía apenas entrecerró los ojos, sin mostrar ni una pizca de sorpresa en el rostro.
Al fin y al cabo, todo esto ya lo había previsto.
Con el escándalo de Oliver Rojas reventando por todos lados, aunque lograra mantenerse como presidente de Grupo Rojas, al final sería sepultado por ese mar de escándalos. Si no renunciaba pronto y cedía el puesto, Grupo Rojas no sería más que un edificio a punto de colapsar. Conociendo a Oliver, tan egoísta y convenenciero, era lógico que en este último momento intentara sacar el mayor provecho posible. Lo que Sofía no se esperaba era que Oliver llegara tan bajo como para querer cargarle una deuda millonaria a Ivana Santana.
Sintió como si una piedra pesada se le asentara en el pecho.
Alzó la vista hacia el cielo: las nubes teñidas de rojo cubrían el horizonte, pero poco a poco el atardecer era devorado por la noche.
Sofía miró de reojo a Alfonso Castillo.
—Manda a alguien a vigilar a Ivana. Quiero saber qué piensa hacer.
Cuando envió de manera anónima un correo a Ivana, ya intuía que ella se presentaría en la estación de policía de Olivetto para ver a Isidora Rojas, quizá más para confirmar el “secreto” del correo que por otra cosa. Por eso Sofía había llegado antes, acompañada de Alfonso.
La curiosidad la carcomía.
En internet ya se rumoraba de los secretos de la familia Rojas, sin embargo, Ivana nunca reaccionó. ¿Acaso era porque Oliver e Isidora lo ocultaron bien, o porque Ivana prefería engañarse a sí misma?
Sofía desvió la mirada y subió al carro.
...
Mientras tanto, en la casa de los Rojas...
Oliver estaba sentado en su despacho, con la cara tensa y el ceño marcado.
—Señor Rojas, ¿estos son todos los objetos que piensa subastar? ¿Incluso incluye esta mansión donde estamos?
Unos especialistas, con guantes blancos, inspeccionaban uno a uno los objetos apilados sobre la mesa.
Entre ellos había varias propiedades a nombre de Oliver, además de una enorme colección de joyas de Ivana e Isidora.
Oliver sostenía con fuerza la tarjeta bancaria en su bolsillo, donde había depositado todo el dinero de la venta apresurada de sus acciones en Grupo Rojas. Al principio, gracias a las maniobras de Sofía, nadie quería comprar sus acciones, pero justo hace un rato, un misterioso personaje compró absolutamente todo lo que él ofrecía.
—¡Sí! No, mejor dicho, no hace falta subastar. Véndanlo todo al precio más bajo, pero exijo que el pago sea inmediato.
De pronto se le ocurrió ese cambio y no dudó en decirlo.
Los especialistas se miraron y uno de ellos sonrió, adulador.
Pero Oliver solo esbozó una sonrisa misteriosa.
—No quiero que revisen el mueble, sino lo que hay dentro.
Apenas terminó de hablar, abrió las puertas del ropero.
Un destello blanco y puro se mostró ante todos.
Los tres especialistas se quedaron pasmados, boquiabiertos por la sorpresa.
Ahí, colgado, había un vestido de novia completamente blanco, tan radiante que ni siquiera el polvoriento ropero podía opacar su belleza.
—Esto...
La mujer se acercó aún más, cambiándose los guantes por unos nuevos, mientras sus ojos brillaban de asombro.
Sin perder un segundo, llamó por teléfono al principal tasador de la empresa, quien apareció con una lupa especial y empezó a revisar la tela con una exagerada meticulosidad.
—Esto apenas es una revisión rápida —dijo, sin poder ocultar el asombro—. Cada adorno de este vestido no son simples pedazos de vidrio, son diamantes genuinos, y no pequeños: hablamos de diamantes de un quilate, cientos, quizá miles de ellos.

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