Las mismas mujeres que minutos antes se burlaban, cambiaron de actitud al ver a Fabián y Bárbara acercarse. Se deshicieron en halagos, elogiando la belleza de Bárbara, su vestido y el collar, tratándola a ella como si fuera la verdadera Señora Salazar.
Iris decidió ignorarlos y le hizo una seña al subastador para que continuara.
Cuando el reflector iluminó el diamante rosa en el pedestal, Iris sintió una mirada tan fría como el hielo clavándose en ella.
Los murmullos estallaron de nuevo.
—¿Ese no es el anillo con el que el Señor Salazar le propuso matrimonio? Recuerdo que hasta salió en los periódicos. ¿Qué está pasando?
—¿Qué más va a ser? Si hasta está subastando su anillo de bodas, está claro que...
Iris permaneció estoica a un lado del escenario y le indicó al subastador que abriera la puja.
—El precio inicial es de un millón doscientos mil. Cada oferta aumentará cien mil. Comencemos —anunció el subastador.
Sin embargo, un silencio sepulcral reinó en la sala. Nadie levantó su paleta.
Iris comprendió enseguida: la gente le tenía tanto pavor a Fabián Salazar que nadie se atrevía a comprar el diamante.
Como presidenta de la fundación benéfica, ella no podía participar en la subasta. Al ver a los inocentes niños sentados en los sofás, la desesperación comenzó a apoderarse de ella. De pronto, recordó a Hugo Zavala y sacó su teléfono para llamarlo.
—Hugo, ¿podrías pujar por un diamante rosa en mi nombre? Te transferiré el dinero más tarde.
—Claro que sí, Iris —dijo la voz de Hugo al otro lado de la línea.
Justo en ese momento, una voz profunda y resonante cortó el silencio del salón.
—Un millón trescientos mil.
Iris se giró hacia el sonido y vio a un hombre imponente, de pie a contraluz.
Llevaba una gabardina gris oscuro sobre una camisa blanca y pantalones negros que delineaban su figura atlética. Caminaba hacia ella con una seguridad aplastante.
Su presencia era magnética, casi inalcanzable, con unos ojos oscuros profundos e inescrutables.
Ella sintió una extraña familiaridad.
A pesar de que esta era apenas la tercera vez que se cruzaban.
—¿Xavier Fonseca? ¡Es el tercer hijo de la familia Fonseca, acaba de llegar del extranjero para tomar el mando! Lleva dos semanas en el país y mi esposo intentó invitarlo durante medio mes sin éxito. ¿Un gigante de la tecnología como él en una gala del Grupo Salazar? ¿Estarán planeando una alianza millonaria?
—¡No he escuchado nada! Pero si unen fuerzas, la economía de Puerto Azul se disparará. Ojalá mi familia pudiera entrar en el negocio.
—¡Por Dios, qué guapo es!
—Dicen que fue piloto militar, ¡seguro se veía increíble en uniforme!
—Qué lástima que tenga fama de ser tan inaccesible y calculador.
Iris escuchaba los suspiros admirados de las mujeres mientras veía a los reporteros enloquecer tomando fotos de Xavier. Volvió al teléfono.
—Hugo, el Señor Fonseca acaba de llegar a la fundación. ¿Tú lo invitaste?
—A la familia Fonseca siempre le ha importado la beneficencia. El Señor Fonseca me preguntó al respecto y le recomendé la gala del Grupo Salazar —confirmó Hugo.
—Gracias, Hugo.
Colgó la llamada y se acercó a Xavier con entusiasmo, ofreciéndole la mano.
—¡Señor Fonseca, sea muy bienvenido!

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