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Embarazada de tu rival: Ahora soy la Señora Fonseca romance Capítulo 13

—¿Cómo que no se puede? —dijo Iris con los ojos empañados por la frustración al escuchar a Natalia.

—Iris, mi contacto no pudo ayudar. Pero no te preocupes, ya le pasé tu caso a mi hermano —explicó Natalia—. Me aseguró que si tenemos todos los documentos, el trámite sale en siete días.

Iris jamás imaginó que Xavier Fonseca ni siquiera se tomaría la molestia de revisar el asunto y lo rechazaría de tajo.

Él era un hombre en la cima del mundo, orgulloso, distante e implacable.

Solo por la amistad que tenía con la hermana de él, creyó que le tendría un poco de consideración.

Había llegado a pensar que ella ocupaba un lugar mínimamente especial a sus ojos.

Pero con una simple frase: No pierdas tu tiempo conmigo.

Destrozó cualquier ilusión.

¿Había sobrestimado la paciencia de ese hombre?

Aun así, al no haber otras mujeres en la vida de Xavier, pensó que todavía tendría alguna oportunidad en el futuro.

Al escuchar que el hermano de Natalia tomaría el caso, la tensión en los hombros de Iris cedió, aunque de repente sintió una punzada de dolor en la herida de su muñeca.

—Gracias, Nat. Dale las gracias a Mateo de mi parte también.

—Iris, ¿pasó algo?

—Te escucho muy mal —preguntó su amiga con preocupación.

—No es nada —mintió Iris. No quería que Natalia se angustiara. Estaba segura de que en cuanto firmara los papeles y cortara todos los lazos con esa familia, su vida mejoraría—. ¿Podrás acompañarme mañana a la gala benéfica?

—Hay una exposición de joyería importante en Costa Dorada, me temo que no podré ir —respondió Natalia con pesar.

Dado que la hermana mayor de la familia se había casado en el extranjero y Mateo era un abogado exitoso, Natalia era la única que quedaba para dirigir la Joyería Quiroz.

Natalia estaba tapada de trabajo y aun así se había tomado el tiempo de ayudarla; Iris lo apreciaba inmensamente.

—Cuando regreses de tu viaje, los invitaré a comer a ti y a Mateo. Cuídate mucho.

Al colgar, notó que el vendaje en su muñeca estaba manchado de sangre. Volvió a la boutique y le pidió a la gerente un botiquín para curarse.

Rápidamente eligió un vestido junto con Alicia y se marcharon por separado.

Mientras tanto, en un exclusivo restaurante.

Camilo se inclinó para informarle a Fabián.

—Señor Salazar, las fotos de los reporteros fueron destruidas. No quedó nada comprometedor.

Fabián respondió con apatía.

—Bien.

Sentada frente a él, Bárbara detuvo abruptamente sus cubiertos sobre el corte de carne, intentando ocultar su nerviosismo.

—Fabián, voy un momento al tocador.

Al recibir un asentimiento, se levantó apresurada.

Ya en el baño, sacó su teléfono y marcó.

—¡Les transferiré el resto del dinero ahora mismo! Pero si abren la boca, me aseguraré de que no vuelvan a pisar Puerto Azul en sus vidas.

Del otro lado, los reporteros se lamentaban.

—¡Señorita Jiménez, aunque quisiéramos, no podríamos volver! La gente del Señor Salazar nos advirtió que nos molerán a golpes si nos ven por ahí.

—Por favor, no nos busque más para este tipo de trabajos.

—Pensamos que al Señor Salazar no le importaba su esposa, ¡pero casi nos matan!

—¡Cállense!

Bárbara colgó la llamada. Se miró en el espejo del tocador, sus ojos reflejaban una obsesión enfermiza.

Era imposible que a Fabián le importara Iris.

Si echó a esos reporteros de la ciudad, fue para proteger su imagen, no la de su esposa.

¡Faltaban veintiocho días!

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