Sin embargo, al principio de su matrimonio, habían sido felices...
Iris miró a Bárbara con frialdad.
—¿Familia tuya? ¿Acaso crees que estás a mi nivel? Tú y tu madre son solo un par de destructoras de hogares, unas robamaridos sinvergüenzas que se adueñan de lo que no es suyo.
Bárbara se sintió provocada y levantó la voz.
—¡La que no es amada es la verdadera intrusa!
*¿Amor?*
*El amor de Fabián.*
*Ya no lo quería.*
Pensó en los papeles falsos de divorcio que llevaba en el bolso y soltó una carcajada sarcástica.
—¿Estás tan segura de que se casará contigo?
Bárbara se apresuró a discutir.
—¡Por supuesto que sí! No te ha dicho nada todavía solo para mantener estable el valor de las acciones de la empresa. ¡Pero cuando la compañía conjunta de los Jiménez y los Salazar salga a la bolsa, tendrás que largarte!
En treinta días, cuando Fabián consiguiera el acta de divorcio, sin duda se casaría con ella.
Para entonces, ella sería la verdadera Señora Salazar.
E Iris no sería más que una mujer abandonada.
Iris observó la rabieta de Bárbara y se marchó con el rostro inexpresivo.
Si él se casaba con Bárbara o si quería divorciarse, ya no era asunto suyo.
Ella lo iba a dejar.
Volvió a su auto y le devolvió la llamada a Hugo Zavala.
—Hugo, he decidido unirme a tu equipo de investigación e ir a Silicon Valley para el nuevo proyecto.
Ambos habían estudiado bajo la tutela del mismo mentor. Hugo era una figura destacada en el campo de los semiconductores, dedicado al desarrollo de chips de baja nanometría.
Al otro lado de la línea, Hugo se sintió sorprendido pero aliviado.
—Me alegra que por fin lo hayas entendido. Mi única preocupación es tu suegra...
Él sabía lo mucho que Iris anhelaba tener una familia.
Tras casarse, ella había centrado su vida en su hogar, alejándose del mundo de la investigación científica.
Pero él se había negado a renunciar a ella.
Era, con diferencia, la científica más talentosa que jamás había conocido, razón por la cual le había pedido en repetidas ocasiones que se uniera a su instituto.
Sin embargo, la familia Salazar era de la más alta élite, con reglas estrictas y anticuadas.
Si se ausentaba por un año, seguramente la familia se opondría ferozmente.
Iris entendió su inquietud y respondió con seguridad:
Al principio, Iris creía que los roces con su suegra eran normales.
Se había esforzado al máximo por complacer a Silvia.
Tiempo después descubrió que todas las humillaciones de Silvia eran por culpa de Fabián.
—¿Qué haces ahí parada como pasmarote? No tienes ningún sentido de la puntualidad. Tienes a todo el mundo esperándote. ¿Por qué no vas a la cocina a ver si ya está lista la cena?
Al escuchar los regaños de Silvia, Iris ignoró la mirada burlona de Bárbara y se fijó en Fabián.
Él no era hijo biológico de Silvia. Aunque mantenían una fachada de armonía, a sus espaldas había numerosos conflictos de intereses.
Antes, cuando Silvia la molestaba, Fabián siempre salía en su defensa.
Pero ahora, guardaba un absoluto silencio, permitiendo tácitamente los abusos de la señora hacia ella.
Y no solo eso. Frente a todos, aquel hombre imponente y orgulloso se dedicó a servirle el té a Bárbara con una atención meticulosa.
Haciendo añicos la poca dignidad que le quedaba a Iris.
Con el alma hecha pedazos, dio media vuelta y salió de la casa.
En Puerto Azul, marzo traía consigo una lluvia constante y fría.
El cuerpo empapado de Iris temblaba bajo la ráfaga helada.
Al llegar a casa, guardó los papeles falsos de divorcio en la caja fuerte e imprimió dos copias de un acuerdo de divorcio real.
Al día siguiente era su segundo aniversario, y ella iba a exigirle a Fabián el divorcio de una vez por todas.

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